Ir al contenido principal

El retrato de una dama




Por José Miguel García de Fórmica
Acabemos antes con los datos que figuran en cualquier entradilla sobre esta novela: El retrato de una dama es la primera gran novela larga de Henry James, excelentemente acogida en su momento, y la obra fundamental del llamado «tema internacional» que el autor trató tantas veces, sobre todo en la parte inicial de su carrera. Este gira en torno al conflicto que surge entre la inocencia y la corrupción, o cuando menos la ambigüedad moral, representadas una por la joven América y la otra por la vieja Europa. Lo había ensayado en varias obras, una de las cuales le había otorgado su mayor triunfo comercial hasta la fecha: Daisy Miller (publicada en 1878, dos años antes que El retrato). En la presente novela, es una joven llamada Isabel Archer la que se presenta en Europa al ser descubierta por parientes ya instalados en el viejo continente. Convertida de la noche a la mañana en beneficiaria de una enorme herencia, Isabel va siendo envuelta lenta pero implacablemente en la sutil tela de araña que urden dos compatriotas aclimatados desde mucho tiempo atrás en Italia (la acción transcurre casi por completo en tierras transalpinas, pero la práctica totalidad de los personajes son americanos). Quien clava sus ojos en ella es madame Merle, una dama cuya principal cualidad es su perfecto conocimiento de las reglas del trato en la buena sociedad. Pero la presa la reserva para su viejo amigo Gilbert Osmond, viudo, con una hija adolescente, un exquisito diletante sin fortuna alguna que para la fácilmente fascinable Isabel adopta los trazos de un egregio saboreador de la verdad profunda de las cosas, sin ambición alguna por los oropeles de la vida social. Demasiado tarde comprenderá Isabel que ella misma se ha metido en su propia prisión.
Aunque no figure en el panteón de las más conocidas heroínas atribuladas del siglo  XIX (al lado de Ana Karenina, madame Bovary o la Regenta), Isabel Archer es uno de los mayores logros femeninos que ha dado la literatura. Llama la atención que un autor que siempre pareció mayor (pese a que no llegaba a los cuarenta cuando escribió este libro), supiera componer semejante encarnación de la juventud. Isabel posee la frescura del ser que se abre al mundo con ansia voraz de libertad y conocimientos, y con el encanto de una personalidad sin doblez ni mojigatería; además, para algunos, el atractivo añadido de su fortuna. Pero sobre todo, James comprende bien que, para una criatura que se cree tan fuerte y tan independiente, el peligro radica en su engañosa convicción (¿cuántos no la han sentido a la misma edad?) de que juventud y omnisciencia, cuando no omnipotencia, son sinónimos. Isabel no concibe, hasta que es demasiado tarde, que quienes parecen brindarle, con su mayor edad, una gozosa oportunidad de beneficiarse de su superior experiencia, son en realidad seres infinitamente viejos que ven en ella al ser de cuya vida y bienes (pecuniarios, pero también espirituales) han de apropiarse para su propia renovación. No es mi eterna debilidad por hallar la impronta de lo fantástico en obras bien ancladas en lo real lo que me lleva a señalar que madame Merle y Gilbert Osmond tienen mucho de vampiros.
Las virtudes de esta obra magna, culminación de la gran novela psicológica del siglo XIX, son tantas que es difícil destacar unas sobre otras, pero confluyen, ante todo, en el memorable trazado de personajes, a cada uno de los cuales se le concede el tiempo en escena suficiente como para dejar huella. Es más, ninguno de la decena larga de importantes es superfluo: todos aportan algo a la trama, todos influyen de un modo u otro en el destino de la protagonista (para bien o para mal: para desgracia de Isabel, incluso quienes pretenden lo contrario participan de un modo u otro en su sometimiento al genio oscuro de Gilbert Osmond… aunque sea por poner en sus manos los bienes monetarios necesarios para poner en marcha su asedio).
De entre la maravillosa galería creada para la novela, mi favorito —podría decir incluso que mi favorito de entre toda la obra jamesiana— es el noble Ralph Touchett, el primo de Isabel, el único hombre que, aun siendo tal vez quien más la quiera en el mundo, sabe que no puede ni debe aspirar a ella (desde el inicio del relato, se sabe condenado a muerte prematura: padece tuberculosis en estado avanzado), y que es quien pone en sus manos la fortuna que cree que una joven con sus aspiraciones necesita (sin que ella se entere, renuncia para ello a buena parte de su herencia paterna). Con su buen humor teñido de una inevitable pátina de melancolía, con su facilidad para comprender a todo el mundo, con su elegancia moral, con su agudeza, y sobre todo su bondad natural, Ralph Touchett resulta inolvidable. Su fácil discernimiento del interior de las personas lo lleva a comprender enseguida que, por debajo de todas sus pretensiones de fineza intelectual y refinamiento ascético, en Gilbert Osmond se esconde, ante todo, un hombre con una pose: un monstruoso ególatra que no hará sino agostar el espíritu de Isabel al descubrir que no podrá reducir bajo su entera voluntad la poderosa independencia intelectual de la muchacha. Aun cuando apenas aparece en un tercio del libro, diríase que su presencia impregna cada una de sus páginas, tratando inútilmente de proteger, de alertar, a su querida prima Isabel. Pobre y desdichado Ralph, finalmente patético pero siempre conmovedor y noble, pues sus poderes no consisten en salvar del peligro sino en hacer más habitable el mundo.
El entrecruzamiento de tantas trayectorias acaba convirtiendo El retrato en la novela más folletinesca de Henry James: hay abundante agitación sentimental (puede decirse que hasta cuatro hombres se enamoran de Isabel, de los cuales tres llegan a pedirla en matrimonio), odios y pasiones, idas y venidas, cambios súbitos de la acción, considerable peso del pasado que lleva incluso a revelaciones sensacionales, propias de una historia de Dickens… Ahora bien, también es cierto que el tempo del relato es tan suave, y los acontecimientos parecen siempre tan elusivos, que la novela responde, de modo eminente, a la habitual acusación de los detractores del autor: que las páginas se dilatan y dilatan sin que los personajes hagan otra cosa que hablar sin que nada pase.
Ah, pero qué diálogos. Pocos autores han sabido crear conversaciones más brillantes que James, por mucho que uno tenga en todo momento la sensación de que nadie ha hablado nunca así: la famosa suspensión de la incredulidad de que hablaba Wordsworth tiene un ejemplo eminente en el autor, en cuanto que las palabras que se cruzan sus personajes (en las más de las veces, con tantos sentidos implícitos que acaban utilizándose entre ellos como un arma más poderosa que la esgrima más hábil) componen un mosaico arrebatadoramente artificial, que sin embargo mientras lo leemos nos parece completamente natural. La novela, por otro lado, y pese a sus centenares de páginas (según la edición, se acerca más a las mil o se queda cerca de las quinientas), no solo no aburre jamás sino que nada en ella parece superfluo; es más, deja siempre con ganas de saber más. Aunque El retrato es una obra con mucho menos opacidad que otras como La copa dorada —puesto que, desde el primer momento, los personajes que van a ser inquietantes ya dan motivos para la inquietud—, el lector, abrumado ante la inteligencia que envuelve la trama y a sus pobladores, se siente atrapado por una deliciosa desorientación.
James envuelve a todos los personajes, tanto a los positivos como a los negativos, con esa gran característica de su novelística: su sentido de la ecuanimidad. Gilbert Osmond, sin duda, es un ser odioso pero despierta una fría fascinación que hace muy comprensible la caída de Isabel en sus manos. Ahora bien, el mayor fruto de ese trato ecuánime es el desarrollo de los dos caracteres en principio más antipáticos de la historia, los dos americanos que se niegan a dejar de ser americanos y permanecen incontaminados de principio a fin: Henrietta Stackpole, la joven periodista que intenta todo el tiempo alejar a Isabel de la tentación de la europeidad, como una verdadera pesada, y Caspar Goodwood, el firme y tosco pretendiente local que se niega a aceptar (sin pasarse jamás de los límites propios del hombre honrado —sin pizca de imaginación y, por tanto, de flexibilidad, pero honrado—) que Isabel no vaya a casarse con él, como se había figurado antes de que la joven se abriera al mundo.
Pues bien, en la parte final, y tal vez porque el autor acaba haciendo de la americanidad (la auténtica, no la «contaminada» de Osmond y madame Merle) una visión del mundo cuyo principal valor es la lealtad, Henrietta y Caspar resultan ser quienes mejor comprenden la profunda infelicidad de Isabel. En el caso de ella, es la única persona a la que la protagonista se confía; en el de él, la inmutabilidad de carácter con que regresa ante Isabel supone para esta el pequeño consuelo de que el tiempo no lo tuerce todo. Y ambos, además, serán los únicos personajes que rindan la justicia debida al imborrable Ralph Touchett, ya a las puertas de la muerte, además de brindarle los servicios que Isabel, demasiado sujeta por Osmond, no tiene libertad para prestarle más allá de la amistad y la comprensión. Confieso que, entre las múltiples y placenteras sensaciones que me ha sido dado disfrutar en los más de veinte años de amistad que llevo con Henry James, nunca había encontrado, como aquí, la de provocar mi emoción. No es la mayor de las virtudes de esta novela admirable, pero no la he encontrado en ninguna otra de las suyas no menos admirables.

Comentarios

  1. Una de las pruebas más firmes de que un libro es bueno es su capacidad para despertar la admiración de los lectores. Tu reseña refleja con sutileza y buen gusto esa grandeza de la novela original, y sólo quiero matizar un detalle: que Ralph Touchett es admirable y honesto: pero Isabel es una mujer imperfecta, tal vez idealista y algo soberbia; pero qué personaje...

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El juego que da la relación entre Ralph e Isabel es muy sugestivo: un amor (de él por ella) que no busca nunca imponerse, como el de los otros hombres que se enamoran de ella; un contraste, triste y melancólico, entre la lucidez del hombre que se muere y el eclipse a que se ve condenada esa joven que restalla inicialmente de vida y curiosidad...

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Rebelión en la granja vs. 1984

Por José Miguel García de Fórmica
«Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático», escribió George Orwell, el hombre que, haciendo honor a esas palabras, concibió las dos mayores diatribas antitotalitarias más conocidas de la literatura, Rebelión en la granja y 1984. Es decir, Orwell las dirigió contra esa variante del totalitarismo que durante gran parte del siglo XX tuvo visos de triunfar, el comunismo soviético (contra el totalitarismo fascista él ya había combatido personalmente, en la guerra civil española), que en el momento de redacción de esos libros emergía de la segunda guerra mundial en la cúspide de su prestigio. De hecho, y como él mismo denuncia en el prólogo que suele acompañar al primero de esos libros, le costó mucho trabajo encontrar un editor que publicara un panfleto tan evidente contra el ahora amigo soviético (uno de ellos le dijo que habría sido más fácil d…

Esposa hechicera

Por José Miguel García de Fórmica
 Una apacible tarde de primavera, el profesor Norman Saylor, en la tranquilidad de su bonita casa en el campus de una pequeña ciudad universitaria, Hempnell, se toma un descanso durante el cual saborea con satisfacción la plena conformidad de su vida: todavía joven y atractivo, con una esposa deseable y muy enamorada, con prestigio académico en su campo, la sociología, y a punto de consolidar su situación profesional con el nombramiento de catedrático que da por seguro, todo parece sonreírle. Y sin embargo, ignora que acaba de asomarse al vacío. Un travieso deseo de curiosidad lo lleva a revolver los cajones de su esposa, Tansy, y de pronto descubre, con horror, que están atiborrados de amuletos de toda laya, de tarros cuyas etiquetas indican la más repugnante procedencia (tierra de cementerio, hierbas malignas…), de chocantes fotografías, incluso de un diario repleto de conjuros. En otras palabras: Tansy, modelo de mujer moderna, es una adepta de la …

La historia siguiente

Por B. Arias
   Lo más difícil al comentar esta pequeña joya de Cees Nooteboom es referise a ella sin desvelar el secreto de su trama, que no deja de estar clara, si bien podría permanecer en penumbra tras una lectura apresurada. No nos debemos dejar embaucar por el tamaño del relato, sus apenas cien páginas, la economía de medios alcanza a todos los aspectos de la narración, y si un dato crucial se apunta en una sola línea y sin repeticiones, sólo cabe esperar que nos pille bien atentos. En caso contrario, siempre cabe la relectura. En mi caso, voy por la sexta, y cada vez me parece la primera. Como ya estoy sobre aviso, sé que tan importante como el relato de sucesos es el contexto desde el que se rememora la historia, pero este último es el que no se puede desvelar. De la historia del profesor de lenguas clásicas, "Sócrates", de su alumna Lisa d'India, de su compañera Maria Zeinstra, profesora de Biología, del marido de ésta, Arend Herfst, poeta y monitor de baloncana…

La Flecha Negra

Por José Miguel García de Fórmica
Tengo por mi guerra «favorita» una contienda de la que no tengo mayores conocimientos que los que me han dado dos obras literarias (y, por tanto, también cinematográficas). Una, claro, es el Ricardo III de Shakespeare (y de Laurence Olivier); la otra, una novelita de Robert Louis Stevenson que no suele figurar entre lo más conocido de su autor pero que es seguro que quien la haya leído habrá de recordarla siempre con el mayor de los placeres. La contienda es la Guerra de las Dos Rosas (que ya de por sí diríase un nombre inventado por un literato). La novelita, La flecha negra. El autor la publicó inicialmente en 1883, por entregas, en la misma revista y con el mismo seudónimo (el alias de Capitán George North) donde poco antes había hecho lo propio con la historia que por siempre le hizo ganar la inmortalidad, La isla del tesoro. No es casualidad, por tanto, que en ambas brille el mismo ímpetu narrativo, la misma alegría por el mero arte del relato, l…

Corazón tan blanco

Por B. Arias
   Es una de las novelas más valoradas, reseñadas, estudiadas y hasta leídas de los últimos años en España. Preguntarnos por su valía en la actualidad, cuando se han cumplido 25 años de su primera edición, es pura retórica, y se puede contestar de corrido: su importancia es incuestionable, sin duda se trata de una de las mejores novelas del siglo XX español, y para muchos la mejor de Javier Marías (aunque personalmente prefiero las del Ciclo de Oxford).
   El motivo central es, inaugurando una costumbre de largo recorrido, unos pasajes de Shakespeare, en concreto de su Macbeth, y todo el argumento gira en torno al mal, la mentira y la sospecha en el seno del matrimonio y de las relaciones amorosas en general. Una pareja de recién casados, Juan y Luisa, se hallan de paso en un hotel de La Habana cuando asisten a una escena de confusión de identidades y a un diálogo conspirativo; de Cuba precisamente era la madre y la abuela de Juan, así como su tía, primera esposa de Ranz…

Climas

Por B. Arias 
   Hay toda una serie de autores de principios del siglo XX que ha arrastrado el tiempo más o menos injustamente, a pesar del éxito que disfrutaron en vida. Pienso en Knut Hamsun, Somerset Maugham, Hermann Hesse, Stefan Zweig  o André Maurois, entre otros. Son autores que esperan desde sus tomos de obras completas en las librerías de lance a que nuevos lectores vuelvan a apreciar sus esfuerzos ahora caducados en la novela. Reediciones puntuales y hasta nuevas traducciones, por ejemplo en el caso de Stefan Zweig, no invalidan el juicio de que son novelistas que han perdido la batalla contra el tiempo, primero porque representaron la versión más convencional de la novela del pasado siglo, una vez que se impuso la renovación de Joyce, Kafka o Faulkner; más tarde, en la actualidad, porque es imposible asumir su modo de encarar cuestiones políticas o morales, por ejemplo en lo relativo al amor y la mujer. Esto último llega incluso a indignar en el caso de Climas.    No conocí…

La edad de la inocencia

Por B. Arias
   Una novela no tiene que ser perfecta para encantarnos. Tampoco es preciso que sea muy original, es más, esto podría incluso ser un inconveniente. Para que nos guste, una novela tiene que parecernos bien escrita e interesante. "Bien escrita" (es decir, con un estilo que nos envuelva) e "interesante" (porque cuenta cosas que nos mantienen atentos), son términos muy subjetivos, y conviene ilustrarlos con ejemplos concretos. La obra más conocida de Edith Wharton (1862-1937), publicada en 1920 y Premio Pulitzer al siguiente, es un buen ejemplo de novela poco original e imperfecta; pero muy bien escrita y adictiva. Me parece imperfecta porque aun buscando el equilibrio matemático entre sus dos partes, la segunda se pierde en demasiados episodios sin trascendencia, y porque en general se detiene en detalles menores tanto de personajes (un escándalo financiero recorre de modo cansino la novela entera, sin afectar apenas a la trama principal) como de indumen…

El libro de la risa y el olvido

Por B. Arias
   Milan Kundera es uno de mis autores favoritos, y aunque he llegado a él relativamente tarde, se ha instalado con fuerza en mis hábitos de relectura. Hay otros a los que también me he tomado de un trago, sin terminar agradecido hasta el punto de releerlos; pero Kundera, como Coetzee, Nooteboom o Musil es de los que están y espero que sigan estando siempre ahí, al alcance de la mano.    Dicho esto, me preocupa la suerte de sus novelas. Pasado el periodo de mayor fama, a finales de los ochenta y principios de los noventa del pasado siglo, y teniendo en cuenta su edad y la falta de novedades, podemos preguntarnos con Jonathan Coe cuán importante es su obra hoy en día, y tal vez prepararnos para un diagnóstico inestable como el sugerido por el novelista inglés, quien se hace eco de la crítica de misoginia en un ensayo de Joan Smith (el propio Coe le atribuye a Kundera un aire de "androcentrismo") que ataca a la novela que quiero comentar ahora.    La califico de …

Siete cuentos morales

Por B. Arias
   Tenemos una novedad de Coetzee en primicia mundial. Se ha publicado antes en Argentina; pero ha aparecido también en España por un acuerdo entre El Hilo de Ariadna y Penguin pocos meses después. La traducción es de Elena Marengo, muy buena, con algunos argentinismos que se entienden sin problemas. El autor, que mantiene una buena relación con la Argentina, ha decidido que se edite antes en español y en tierras sudamericanas que en inglés. Una novedad de Coetzee es siempre una buena noticia. Si se trata además de una continuación de su novela Elizabeth Costello, mucho más, porque esa fue una de las cumbres de la impresionante cordillera en que se ha convertido su obra, todas de considerable altura, desde la primera novela publicada hasta esta pequeña colección de obras maestras del cuento.    Al parecer Elizabeth Costello es un trasunto del autor; pero no al modo de su alter-ego autobiográfico en las Escenas de una vida de provincias, sino aún más distanciado y ficticio…