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La noche del oráculo

 


Por B. Arias

     Igual que Pietro Citati se felicitaba al tener siempre algo por leer de Henry James, yo me felicito de tener algunos libros pendientes de Paul Auster, autor ciertamente prolífico, aunque mucho menos que Henry James. Además de poeta, ensayista, traductor del francés, dramaturgo, guionista, director de cine, cuentista muy ocasional y coautor de un epistolario con J. M. Coetzee, Paul Auster es novelista y últimamente también autor de libros de memorias; pero sobre todo novelista: ha escrito 18 novelas si consideramos su Trilogía de Nueva York como un conjunto de tres, que es por cierto como yo empecé a conocerlo, allá por los años 80 y 90 del pasado siglo, en las ediciones separadas de Júcar. Después leí la que aún parece ser su mejor novela, El palacio de la Luna (1989), de la que tengo un recuerdo bueno y muy  lejano, y desde entonces bastantes más libros, en los que siempre he encontrado un admirable tono fluido, una habilidad extraordinaria para el relato y al mismo tiempo unas tramas algo retorcidas y con cierta carga no digamos filosófica sino intelectual, junto con una clara tendencia a introducir experimentos formales en línea con su filiación postmoderna (un postmodernismo atemperado por su sentido de la narración, que es muy clásico). De todo lo cual es un ejemplo modélico la novela que he leído ahora, original de 2003. 

     En La noche del oráculo asistimos a una trama que parece un circo de varias pistas: un joven narrador con problemas económicos compra un cuarderno azul en una papelería de Nueva York, y lo usa para desarrollar a su manera una historia intercalada en El halcón maltés de Dashiel Hammett. La trama que inicia sigue los pasos de un director literario que a su vez recibe el manuscrito inédito de una novelista ya fallecida. A partir de entonces tendremos varias historias cruzándose, y los paralelismos entre las tres empiezan a ser tan sospechosamente familiares que el novelista, el personaje principal de todo este embrollo, se plantea la posibilidad de que el cuaderno ejerza algún tipo de influencia para el desarrollo no sólo de los argumentos ficticios sino de su propia vida. En efecto, poco a poco los relatos intercalados empiezan a perder peso sin por ello dejar de influir en el narrador ficticio y sus proyectos, su vida conyugal, su relación con un escritor amigo y, por fin, el desenlace de una trama muy solvente y curiosa. Como suele ser habitual habrá quien considere fallida esta obra por la cantidad de hilos que deja sin anudar. No es mi caso, ya que acepto sin rechistar la premisa postmoderna de que una novela es un fanal de posibilidades (por ejemplo aquella tan curiosa de Italo Calvino sobre el viajero) y una forma muy variable de explorar la vida, que nunca está cerrada hasta que se cierra definitivamente. De hecho, si algo creo reprochable en esta novela es que a Auster se le va la mano hacia el tono algo cursi al modo de Salinger, sobre todo cuando habla de la esposa del personaje principal. Introducir notas a pie de página para desarrollos y derivaciones, fotos, tramas dentro de tramas y abusar de las coincidencias me parece un derecho que se ha ganado ya este respetable autor, porque forman parte de su modo de entender la literatura. Sí, se le achaca que abusa de las coincidencias; yo creo que le interesa otra cosa más amplia, algo relacionado con  eso que los psicólogos llaman "profecía autocumplida", y que remite a las "magias" cotidianas y a lo irracional. Ocurre que la realidad no es algo que esté fuera de nosotros, sino que formamos parte de ella, y lo que hacemos o lo que pensamos se coloca en esa realidad modificándola, de modo que si una expectativa puede cambiar nuestra relación con una persona, lo que escribimos también puede condicionar nuestra vida. Un ejemplo perfecto de esto nos lo encontramos al final de la novela, cuando el novelista imagina una historia que explica el comportamiento inescrutable de su mujer. Esa hipótesis, por una serie de circunstancias, no podrá ser corroborada, y concluimos que va a marcar a partir de entonces a la pareja. Hay cosas que una vez son pensadas empiezan a existir, por eso hay que tener cuidado de lo que pensamos y sentimos, porque la realidad también es eso, y no solo un mundo material regido por las leyes de la Física. Al menos, esto es lo que me sugiere La noche del oráculo, con la fluida y entretenida prosa de Paul Auster.

 

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