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viernes, 28 de junio de 2024

WAHT IS ANYTHING? Memoirs of a Life in Lovecraft (S. T. Joshi, 2023)

 

 

Benito Arias

   Si alguien siente alguna curiosidad por saber cómo es "una vida en Lovecraft", esto es, una vida de erudición consagrada a la figura de H. P. Lovecraft, puede consultar o leer estas memorias del muy productivo S. T. Joshi (nacido en 1958), de origen hindú pero criado y nacionalizado estadounidense. Se trata de un estudioso mundialmente reconocido por sus trabajos en el terreno de la weird fiction, siendo "weird" un vocablo que se atribuye a la propia obra de Lovecraft y a la literatura fantástica más o menos emparentada con él. Hoy se habla al menos en parte de "new weird" para calificar a las variantes que añaden ingredientes de fantasía o de ciencia ficción al conocido como "horror cósmico" lovecraftiano, u "horror material" porque el efecto terrorífico está ligado a deidades y monstruosidades que causan un indecible espanto ("indecible" o "inexpresable" -unutterable- es un término muy querido por ambos, Lovecraft y Joshi). Lovecraft continúa (y ciertamente banaliza) la corriente iniciada con Poe y se desmarca del fantástico atmosférico que encontramos en la "ghost story" británica, o en la literatura extraña o surrealista de otros autores más inclinados a inquietar que a horrorizar. Los modelos de Lovecraft son Poe, Arthur Machen, Algernon Blackwood y algo de Lord Dunsany para su vertiente onírica; por otro lado, los autores más o menos emparentados con Lovecraft serán sus contemporáneos Robert E. Howard, Clark Ashton Smith (con ellos hay una especie de simbiosis en un trío con características comunes y propias al mismo tiempo) y, más cerca de nuestros días, Ramsey Campbell (en hiperbólica opinión de S. T., nada menos que el mejor autor vivo del género, "y tal vez de la historia") y Thomas Ligotti. La legión de imitadores queda atestiguada por la cantidad de antologías inspiradas en los llamados Mitos de Cthulhu, a menudo de calidad ínfima.

   Pues bien, en resumidas cuentas, éste es el campo de S. T. Joshi, ya que su vida como tal tiene pocas aventuras, si quitamos la vez en que se llevó un libro de una biblioteca para fotocopiarlo a escondidas, o aquella otra en que se aprovechó de una máquina en mal estado para sacar montones de copias de microfilms a bajo precio. Tras pasar por la universidad, donde a medida que se especializa en lenguas clásicas descubre a H. P., llegará un momento en que deba elegir entre la vida del profesor universitario o la del erudito freelance. Se decide por esto último y empieza a dar tumbos por todas y cada una de las bibliotecas que en su país tienen cartas, manuscritos u obras originales e inencontrables de Lovecraft, cómo no, pero también de Ambrose Bierce y otros autores que le interesan especialmente, como H. L. Mencken y hasta Robert Aickman (del que llega a teclear a partir del manuscrito una novela inédita, Go Back at Once, que no logra editar). La cantidad de papeles que confiesa haber consultado es impresionante, en el caso de Lovecraft se le debe como es notorio la edición cotejada con los manuscritos de todos sus relatos, poemas, ensayos y especialmente su correspondencia (ingente), y a esto hay que sumar bibliografías de bastantes autores, ediciones recopilatorias de crítica sobre Lovecraft y otros, revistas, actas de congresos... En fin, a su entender son unos 400 libros, teniendo en cuenta que suele editar y reeditar muchas veces lo mismo y que considera libro propio cualquier cosa que haya sido editada por él (si prepara un libro de un autor olvidado, y lo reedita incluso sin prólogo ni notas, ya es un libro de S. T. Joshi a estos efectos), y en parte tiene derecho, cómo no.

   La cubierta de las memorias no es muy afortunada, y predispone a considerar la vida a la que se refiere en tonos más bien grises y oscuros. Esa impresión es correcta. Sus polémicas, en las que no profundiza, resultan algo vacuas, y como humano muy humano parece no haber ofensa que olvide, ni elogio que le parezca suficiente. Un problema es que, siendo crítico, a menudo cambia de opinión, algo más que comprensible (lo que no se entiende es que Aickman cada vez le interese menos, pero Campbell cada vez más, como ejemplo de estos cambios de opinión). No ha cambiado la idolatría de Su Autor, al que siempre defenderá con pluma y espada. La polémica con el buen Charles Baxter sobre la calidad literaria de H. P. es digna de rastreo, no se dan muchas pistas en las memorias, pero en la Red está todo. Tampoco aceptará obviamente las exageradas críticas de Edmund Wilson en los años '40, que seguramente influyeron en la travesía por el desierto por la que hubo de cruzar Lovecraft hasta los años '80, pero aunque no le encargan a él la edición, sí son sus textos lo que llegarán ya a inicios de este siglo al volumen de Library of America (un único volumen de relatos a cargo de Peter Straub, pero guiado por S. T. en la sombra), un hecho que supone la aceptación del autor dentro del corpus de las letras americanas. Sin duda, si alguien ha hecho méritos para esta aceptación del valor literario de Lovecraft ha sido este estudioso, que lo sabe todo de Su Autor, y lo ha sacado del ghetto con sus ediciones en Penguin Classics.

   Estas memorias no tienen demasiadas virtudes literarias, y el propio S T. reconoce que no es buen escritor, aunque publique alguna novela de detectives que otra. El estilo, en efecto, es periodístico y plano, lo que cuenta es a menudo aburrido y repetitivo, sólo apto para fanáticos de estos temas, interesados en saber cuántas ediciones ha preparado para Penguin o qué autores ha rescatado para Hippocampus o Centipede Press. Pura adrenalina.

   Cuando ocasionalmente se sale de Su Tema, nos habla de interpretación musical (es violinista, cantante y compositor, aunque le gusta mucho Corelli), así como de sus dos esposas o de sus gatos; pero tampoco transmite mucha pasión en estos campos, bueno tal vez sí por la música y bastante por los gatos. Por lo demás, conoce a medio mundo en el género, pero no nos deja ni una anécdota que recordar (sólo cuando se refiere a la muerte de Wilum Pugmire deja un atisbo de emoción en el par de párrafos que le otorga); los congresos y convenciones son mediocres aunque el tema sea lo fantástico (lo más animado en este caso será una pelea alrededor del sempiterno tema del racismo en Lovecraft y algún intento de cancelación del que logra defenderlo con gran eficacia). En cuanto al trabajo fundamental de Joshi, que es encontrar, leer y sobre todo copiar manuscritos y libros para sus reediciones (decenas de volúmenes de Ambrose Bierce o H. L. Mencken en autoediciones vía Amazon, por ejemplo) no transmite la pasión del coleccionista, porque se revela en todo momento como la tarea de un erudito, no un bibliófilo, y a veces ni siquiera parece un apasionado del género. Se diría que practica el arte de leer de corrido, como quien rema en galeras, cientos y miles de páginas para seleccionar algo que poder editar con su nombre o algo que resumir en sus múltiples panoramas históricos o en esas monografías que redacta en unos pocos meses.

   En el Epílogo, como reconocido narcisista que es, se pregunta qué quedará de él en la Historia, y se contesta que las ediciones corregidas y su enorme biografía de Lovecraft, su historia del género de terror, su historia del ateísmo y las ediciones de Bierce, Dunsany y demás autores weird. Estas memorias no van a llegar a tan selecto grupo.

domingo, 19 de mayo de 2024

LA ERA DEL FUTURO DEGRADADO (Mark Samuels, 2020)

 


Benito Arias

   Es difícil olvidar los relatos de Mark Samuels (Londres, 1967-2023). Su primera aparición en castellano antes del volumen de Valdemar recién editado en este año de 2024, creo que fue en una antología de una editorial que sólo vendía sus libros en formato electrónico: Fata Libelli. Una pena que dejara de existir, porque sacaba muy buenos libros del llamado New Weird, entre ellos la antología Sui generis con tres relatos de Reggie Oliver, Mark Samuels y Quentin S. Crisp. El de Samuels, titulado "THYXXOLQU" me pareció en su día el mejor. En la antología que ahora comentamos, un "Best Of" seleccionado por el autor, también se halla el relato impronunciable, junto con otros 16 en la última apuesta de la prestigiosa Gótica, donde el autor iba a compartir con Ligotti o Barker el privilegio de ser uno de los muy escasos autores vivos con un volumen completo en ella. Pero la suerte tenía otros planes y Mark Samuels falleció en diciembre de 2023, sin haberlo visto siquiera. Esta edición no puede superar pero sí competir en calidad de edición con algunos de sus otros libros, editados a menudo en ediciones pequeñas, lujosas y muy caras. Ahora, no hay que sorprenderse, está todo agotado y lo poco que circula lo hace a precios prohibitivos. Pero Samuels alternaba esas elitistas publicaciones de Tartarus Press (The White Hands and Other Weird Tales, 2003, tirada de 350 ejemplares) o PS (Glyphotec and Other Macabre Processes, 2008, tirada de 100 ejemplares) o las actuales reediciones de Zendaya, con relatos en numerosas antologías populares del tipo "Black Book of Horror" y otras del estilo. En los últimos años empezó a editar en Hippocampus Press, por ejemplo con el original de esta antología que comentamos (editada en 2020), y también colaboró en los dos primeros números de la revista Penumbra. Pero en los años previos, y después de un intento de financiarse a través de una web de patrocinio, había optado por autopublicarse sus propios libros bajo el sello Ulymas Press, a través de Amazon. Así cabía conseguir hasta hace poco su Glyphotec en una edición revisada y ampliada. Lo único aún vivo y a precio asequible es su última novela, With-Cult Abbey (Hippocampus Press, 2021).

   Para conocer algo más de la trayectoria vital de este autor cabe recurrir a una graciosa entrevista que le hace Quentin S. Crisp con ocasión de la aparición de su libro Written in Darkness (2014), o la que le hizo Matt Cardin en 2006; pero sobre todo es recomendable una biografía anónima, dentro de un volumen de homenaje que le ofrecen sus amigos y colegas: Marked to Die. A Tribute to Mark Samuels. Edited by Justin Isis (2016), en el capítulo titulado "About Mark Samuels" que sólo ha podido ser escrito por él, y donde nos informa con gracia de sus múltiples trabajos y penurias, la sucesión de sus libros y, dato importante, que es católico, romano y muy creyente. Reuniendo información de aquí y de allí, están muy claros sus intereses e influencias literarias: Poe, M. R. James, Machen o Lovecraft entre los clásicos; pero también otras menos evidentes, como J. K. Huysmans, M P. Shiel o el polaco Stefan Grabinski, al que llegó a traducir, y con el que le complacía al parecer compartir catálogo en la colección Gótica. El autor del prólogo de la antología que comentamos, el prestigioso crítico Michael Dirda, que no desdeña la literatura de género, va sembrando aquí y allí otras referencias y complicidades en su erudito prólogo, no exento de genuina admiración. Pero el propio Samuels reconoce ser "a devotee of the weird fiction of Thomas Ligotti", con el que ha mantenido una cierta amistad por correspondencia, y el americano ha llegado incluso a orientar algunas de sus obras con consejos que el londinense ha aceptado (para el relato "Vrolyck", uno de los mejores de la compilación), según reconoce ante Quentin S. Crisp. Como muestra de esta relación cabe destacar la dedicatoria del ejemplar que envió a Ligotti de su primera colección de relatos, The White Hands:

   Pues bien, para mí, Mark Samuels está casi siempre al nivel del mejor Ligotti, pero claro, el americano me resulta algo pesado y deprimente salvo en algunas ocasiones, cuando se revela como un autor singular y excepcional; Samuels, sin embargo, aun con toda su atmósfera metafísica y condenada al pesimismo, mantiene una ligereza de fondo que conlleva una especie de aceptación de la condena, en sintonía con el católico convencido que él es, una deriva kafkiana que arranca incluso alguna sonrisa. Pensemos en esa reencarnación de Lovecraft en un escritor mejicano de tres al cuarto ("Un caballero de México") o en los relatos que debajo del infierno (al que ineludiblemente conducen todas o casi todas las tramas) destacan un éxtasis más allá de la apariencia y el horror. También hay elementos de ciencia ficción en sus mejores historias ("Vrolyck", "El moho negro", "La niebla carmesí") y numerosos aficionados que investigan alguna aparición del otro lado a la vez que relacionan los sucesos con Machen, Shiel o Twilight Zone. Esa metaliteratura que también encontramos en T. E. D. Klein, por ejemplo, parece sugerir que la realidad, o mejor, lo que hay debajo de lo que ocurre, se puede leer con las referencias de la literatura fantástica, porque la realidad es, de suyo, fantástica. 

   Este libro es una maravillosa sorpresa (muy bien traducido, por cierto, por Lorenzo Díaz) del que es mejor no saber mucho antes de sumergirse en él. Los libros de Samuels sólo pueden seguir creciendo con el paso de los años, y ello por dos razones: la originalidad de las tramas y la precisión de un estilo literario que recuerda en ocasiones a uno de los maestros reconocidos del New Weird, Jorge Luis Borges, con la paradójica fortuna de haber pasado por una lengua intermedia.

sábado, 18 de febrero de 2023

CEREMONIAS MACABRAS (T. E. D. Klein, 1984)

 


 Benito Arias

   En inglés tiene un título más sencillo: The Ceremonies, y una portada más siniestra y adecuada a la trama; pero al fin y al cabo es una obra de terror contemporáneo (bueno, de los ochenta del siglo pasado) y esta época está marcada por dos nombres: Lovecraft (influencia) y Stephen King (producción), con los cuales sí que sintoniza plenamente. Ambos nombres pueden relacionarse en un primer momento con T. E. D. Klein (1947), el primero porque es su principal influencia reconocida, el segundo porque es su contemporáneo y para muchos el referente del género en la época. En sus entrevistas recuerda Klein que cuando dirigía la revista The Twilight Zone Magazine, de 1981 a 1985, el hecho de poder incluir un relato de King significaba incrementar notablemente las ventas, y cómo los editores presionaban para contar con él en la portada. Sin embargo, la forma de escribir de uno y otro tiene poco que ver. Ninguna fatuidad en Klein, pocas concesiones al infantilismo narrativo, y hay que olvidarse de la velocidad de crucero al leer simplonas páginas intrigados por lo que va a ocurrir (aunque se recojan con pelos y señales derivas sin sustancia, algo tan molesto en el caso de King). No es ese el plantemiento de T. E. D. Klein, que construye una novela morosa, muy dilatada, rondando las 600 páginas en la edición original aunque en la española no llegue a unas densas 500, con un estilo donde se cruzan varias tramas y técnicas narrativas. Por fortuna cuenta con una eficaz traducción de Albert Solé, un sólido valor de la editorial Martínez Roca en aquella época.

   Klein comenzó su relativamente escasa carrera (una novela, cinco novelas cortas, una decena de cuentos y un grueso tomo de ensayos y misceláneas), carrera que por cierto él da ya por terminada, con una novela corta o relato largo espléndido: The Events at Poroth Farm (1972), ahora reeditado en una edición ampliada del volumen Reassuring Tales (2021), en el que recoge mediante la técnica del diario las sobrenaturales amenazas sobre un joven profesor neoyorkino que se marcha al entorno de un pueblo algo apartado como inquilino en la granja de los Poroth, un matrimonio de su edad y sin hijos, para dedicar su verano a leer literatura de horror clásica a fin de preparar unos cursos. La fusión de opiniones sobre la literatura gótica y la serie de sucesos cada vez más extraños, acordes con lecturas como El pueblo blanco de Arthur Machen, es llevada a cabo de manera muy económica y realmente efectiva. En Ceremonias macabras alarga la idea de esta narración inicial extendiendo la amenaza al modo de Lovecraft hacia el llamado horror cósmico con la invocación de cierta entidad maléfica que se pretende traer al mundo mediante unas extrañas ceremonias. En la novela hay mayor proximidad a los personajes, que ahora son muchos más, y ofrece una larga descripción de la vida en comunidad (fanáticos religiosos seguidores del profeta Jeremías), aproximándose así a lo que hoy se conoce como Folk Horror

   El estilo de Klein es detallista, tal vez en exceso, la sensación que deja después de su lectura es de perfecta ejecución: ningún cabo suelto, nada de alusiones sin conectar a la trama. El autor ha trabajado a fondo el argumento y lo ha expusto hasta el último detalle: los personajes, la mitología, la comunidad y sus ritos, en fin, todos los aspectos que aparecen a lo largo de esta ambiciosa novela, declarada por S. T. Joshi un auténtico "hito" de la ficción weird contemporánea (aunque con un limitado éxito de ventas). Cabe preguntarse por ello si el hecho de que no haya publicado más, y que la segunda novela ampliamente trabajada durante años vaya a quedar al parecer inédita, es precisamente una consecuencia de este perfeccionismo, padre de grandes obras y de amargos abandonos.

   Como casi todo el que se acerca a la obra completa del autor, prefiero las ficciones de extensión intermedia, tanto su primera novella como las otras incluidas en Dark Gods (1985), de las que tres pueden leerse en antologías de la época, también en España. Suele mezclar eficazmente tramas de verdadero espanto, con amenazas muy físicas y materiales, junto al goticismo alusivo y de terrores ambientales que tanto practican los clásicos del género. Sigue la estela de los clásicos, y en especial del Lovecraft maduro, no el que describe los espantos con su sobrecarga descriptiva (Klein es consciente de que es mayor el efecto si éste se dosifica) sino el que prepara magistralmente la eclosión final en el "periodo realista" que inició a fines de los años veinte del siglo pasado. A algunos podría parecerles que en Ceremonias macabras la dilatada postergación del desenlace no se compadece bien con la abrupta conclusión; no es mi caso, creo que el balance está bien medido y que al final consigue dos o tres escenas impactantes que quedan para siempre en el recuerdo del lector.

   Del periodo final del siglo pasado, cuando nos preguntemos por la buena literatura de terror que se ha escrito en él, no creo que debamos responder con el nombre de Stephen King y su legión de imitadores, sino con unos unos pocos y oscuros secundarios que muy pocos leen ahora, pero que son los tocados por el imperativo del estilo: pienso sobre todo en Robert Aickman, cuya magnitud está ahora mismo comprendiéndose por fin, seguido de un selecto grupo donde destacan el primer Ramsey Campbell, sobre todo con sus cuentos, a veces M. John Harrison (si no se obstina en contar en 40 páginas lo que estaría mejor en 10) y por supuesto Thomas Ligotti, que en mi opinión es demasiado irregular. Pues bien, el americano Theodore "Eibon" Donald Klein merece figurar con todos los honores en este selecto grupo, primero por sus relatos y ensayos; pero también por esta novela ambiciosa e impactante.

lunes, 19 de agosto de 2019

EL HOMBRE QUE ATRAVESABA LAS PAREDES (Marcel Aymé, 1943)

Francisco Villalba

   Descubrir que había adquirido la curiosa facultad de atravesar las paredes no tuvo para Dutilleul nada de extraordinario. Además, amenazaba con perturbar su discreta y apacible existencia. Pero cierta situación le indujo a echar mano de sus poderes, y ya entonces nos barruntábamos que podría acabar enganchado, lo que efectivamente ocurrió, con las consecuencias que ustedes descubrirán si llegan a conocer sus aventuras.
   “El hombre que atravesaba las paredes” es el primero de la serie de relatos de Marcel Aymé, agrupados con el mismo título, editada por Argos Vergara en 1983. La edición original, “Le passe-muraille” data de 1943.
   La protagonista del siguiente relato también está capacitada para subvertir las leyes de la física. Se llama Sabina, y posee el don de la ubicuidad. Al igual que Dutilleul, Sabina sucumbe ante la tentación, en este caso la de multiplicarse por doquier. Y ya les anticipo que tiende a la ninfomanía.
   En los dos textos siguientes, consistentes en fantasías basadas en la manipulación del tiempo, no percibo la misma naturalidad que en el resto de historias. La pujanza se recupera con la siguiente narración, “El proverbio”, en la cual no hay alucinaciones físicas ni temporales, sino una situación doméstica que transita de la tensión a la jovialidad. Puede parecer poco original, pero el tratamiento es magnífico. Especialmente estremecedora es la amenaza latente en la última frase del relato.
   El libro se completa con otros cuatro cuentos, todos deliciosos y con mayor o menor delirio, cada cual con una temática diferente. La melancolía llega al final, en un último relato nombrado “El último”, cuya última frase son las últimas palabras dichas por alguien que siempre llegaba el último.
   Las historias de Aymé son ligeras, intrascendentes, suavemente irónicas y grotescas, a veces no tan suavemente. Pero no falta el dramatismo, y siempre quedan por ahí sombras extrañas, aunque de manera contenida, siempre con un guiño de calidez. Uno de los géneros cultivados por Aymé es el cuento infantil. Convertida a una temática adulta, los relatos del “Pasa-murallas” contienen la frágil desmesura de un buen cuento infantil. Casi todas las historias admiten una lectura moral o sociológica, pero no creo que Aymé pretenda exponer tesis o ideas, más bien las neutraliza y juega con ellas. 
   El inconveniente para conocer en lengua española a Dutilleul, las Sabinas, y los demás, es que solo puede ser en páginas amarilleadas por el tiempo, bien prestadas o bien reposando en algún recóndito estante de alguna ignota librería de segunda mano. Bueno, no tan ignota, que para eso está el internet.

miércoles, 22 de mayo de 2019

LA INMORTALIDAD DEL CANGREJO (Santiago R. Santerbás, 1985)


José Miguel García de Fórmica
Dedicado a Iñaki Torre, que me guió hacia esta novela
 
Santiago R. Santerbás (nacido en Burgos, en 1937) es uno de esos escritores a los que parece convenirles la definición, para mí fascinante, de polígrafo, debido a la versatilidad de sus quehaceres: traductor y editor (en la añorada colección Tus Libros, de Anaya, fue responsable de varias joyas, la más venerada de las cuales tal vez sea su primorosa versión de la dickensiana Canción de Navidad), crítico de literatura y arte (en las páginas de Triunfo, en los años de esplendor de esta revista), poeta, ensayista, creador de sabrosos pastiches y, finalmente, novelista. En 1985, a la edad de 45 años (en que debe suponerse que un autor sabe bien lo que quiere contar y lo que no), Santerbás publicó su primera novela, La inmortalidad del cangrejo, que he descubierto de modo muy tardío y que he leído con asombro entreverado de incontenible melancolía.
Se trata de un sutil cuento de terror (de terror decadente, mortecino, que no está pensado para atemorizar sino para inquietar) solapado bajo una muy particular crónica de costumbres, puesto que, en rigor, no cuenta nada más que el monótono devenir cotidiano de su familia protagonista a lo largo de un año exacto, en el que apenas abandonan los muros de la antigua casa donde viven. Los Hontanar descienden de un antepasado que participó en la jornada de Ponce de León hacia la Florida, en busca de la Fuente de la Eterna Juventud, que él debió de encontrar a juzgar por la longevidad de la estirpe. Son solo cinco (sin olvidar al gato Sarastro, tan antiguo como ellos): el bisabuelo Guillermo, que a sus 155 años es el único que se pasa el año viajando, regresando con los suyos solo el día de su cumpleaños; el abuelo Félix, cuyos días transcurren componiendo una ópera a la que lleva entregado cerca de un siglo; la tía abuela Margarita, que a sus más de cien años tiene el aspecto de una muchacha, que se pasa el día bebiendo pipermín y esperando a que llegue su anual estancia de verano en la playa, donde entregarse a alguna aventura sexual; el tío Camilo, que consagra sus días a investigar acerca del secreto esotérico de esa perenne juventud de que gozan; y por último, el protagonista y relator en primera persona (de quien, en rasgo clásico, no llegaremos a conocer su nombre), el único que tiene contacto regular con el «mundo exterior» puesto que trabaja como profesor en el instituto local, labor que realiza sin la menor vocación, solo para convencerse a sí mismo de que no participa de la cualidad anómala de sus familiares, del mismo modo que se aferra a las gruesas lentes de miope para considerar que, al carecer de la rozagante salud de sus parientes, no puede ser como ellos, pese a que sus 45 años se vean desmentidos por la lozanía de su rostro.
La casa solariega donde los Hontanar viven (o vegetan) se encuentra en el corazón de una ciudad dormida, tan vegetativa como ellos, que no cuesta trabajo reconocer como la Burgos natal del autor. Una ciudad quintaesencialmente provinciana, con su catedral fría y desangelada, sus procesiones seguidas por un ejército de beatas, su paseo con tilos o el aburrido instituto de secundaria donde trabaja el protagonista. Una ciudad que diríase escapada de las películas de Juan Antonio Bardem, de Calle Mayor o Nunca pasa nada (rodadas en Palencia o Aranda de Duero, también viejas urbes castellanas), ancladas en otra época como los protagonistas asimismo son inmunes al tiempo.
La casa compone un universo claustrofóbico y cerrado en el que los Hontanar viven pero apenas diríase que conviven, pese a que respeten dos ritos: tomar juntos el té de las cinco y leer en compañía las cartas del bisabuelo Guillermo. Ahora bien, asimismo los viajes de este discurren por un mundo igualmente enclaustrado puesto que visita una y otra vez las ciudades de su pasado, sin aceptar ningún cambio, incluso entreverando la realidad con la ficción: en una de sus cartas recuerda una estancia pretérita en Venecia, donde conoció a un sabio educado, Gustav von Aschenbach, que murió repentinamente, y al que todos reconocemos como el personaje central de Muerte en Venecia de Thomas Mann. El mito del Judío Errante y el de Fausto, como es natural, también asoman oportunamente por estas páginas.
¿Qué secreto esconde este relato escrito en voz baja que, con su tranquila tristeza, se empeña en colarse por las rendijas del corazón, amenazando con helarnos el alma? La inmortalidad del cangrejo equilibra con brillante facilidad diversos rasgos que le otorgan una pegajosa densidad. Se trata, es evidente, de una fábula existencial encarnada, precisamente, en la obsesión del narrador por huir de esa monstruosidad que contempla en sus familiares. Asimismo, la novela compone una reflexión sobre la soledad, no en vano, el crustáceo del título, que figura en el escudo de los Hontanar y está esculpido tanto en la fachada de su casa como en el centro del pequeño laberinto que adorna su jardín, simboliza esa coraza que aparta a los personajes de la vida y del mundo. El mismo protagonista vive la (falsa) historia de amor más gris de la literatura, con una compañera de trabajo con la que, sin embargo, jamás cruzará una palabra íntima.
Hablaba líneas arriba de terror sutil: la novela es, también, un cuento de casas encantadas (o de fantasmas, no tengo muy clara la diferencia) cuyos habitantes son muertos en vida que no solo ignoran su condición sino que creen haberla burlado con su perenne juventud y que, en realidad, son sombras cernidas a un lugar que los contiene y los define. Y como todo buen terror que se precie, sus páginas están impregnadas de la insoslayable relación entre belleza y muerte, y un erotismo deletéreo late bajo su superficie. Por mi parte, no tengo duda: el misterio más sugestivo de nuestra literatura se llama La inmortalidad del cangrejo.

domingo, 11 de marzo de 2018

ESPOSA HECHICERA (Fritz Leiber, 1943)


  José Miguel García de Fórmica
 
 Una apacible tarde de primavera, el profesor Norman Saylor, en la tranquilidad de su bonita casa en el campus de una pequeña ciudad universitaria, Hempnell, se toma un descanso durante el cual saborea con satisfacción la plena conformidad de su vida: todavía joven y atractivo, con una esposa deseable y muy enamorada, con prestigio académico en su campo, la sociología, y a punto de consolidar su situación profesional con el nombramiento de catedrático que da por seguro, todo parece sonreírle. Y sin embargo, ignora que acaba de asomarse al vacío. Un travieso deseo de curiosidad lo lleva a revolver los cajones de su esposa, Tansy, y de pronto descubre, con horror, que están atiborrados de amuletos de toda laya, de tarros cuyas etiquetas indican la más repugnante procedencia (tierra de cementerio, hierbas malignas…), de chocantes fotografías, incluso de un diario repleto de conjuros. En otras palabras: Tansy, modelo de mujer moderna, es una adepta de la magia, y cuando el consternado marido la interroga, es para descubrir, atónito, que ella cree fervientemente que el ascenso de su marido se debe tanto al propio talento de este como a la protección que le proporcionan sus hechizos. Como es natural, el racionalista Saylor obliga a Tansy a destruir todos esos objetos y a aceptar que se ha dejado sugestionar por la más burda superstición. ¿Es casualidad, entonces, que desde ese momento, y en catarata, la vida personal y profesional de Saylor parezca deslizarse por una pendiente sin fin, encontrándose con acusaciones de acoso sexual, con alumnos dispuestos a atentar contra su vida, con toda clase de intrigas en el seno del pacato claustro de profesores (y sus venenosas esposas), que culminan con la concesión de la cátedra a otro compañero, y con la aparición de inquietantes pensamientos sobre suicidio?
Conjure Wife, traducida en España bajo el título de Esposa hechicera, es una novela publicada en 1943 por Fritz Leiber (1910-1992), escritor que, a lo largo de su sólida carrera, ha demostrado una notable capacidad para pasearse por muy diversos estratos de la literatura fantástica, del terror (Nuestra Señora de las Tinieblas o el libro que nos ocupa) a la ciencia-ficción (El planeta errante) o la fantasía heroica (su serie de Fafhrd y el Ratonero Gris para muchos solo está por debajo de Robert E. Howard).
La novela bucea en esa agradecida corriente del género terrorífico que rehúye cualquier elemento gótico para plantear, sencillamente, el quebrantamiento de la normalidad en el seno de la sociedad coetánea. No hay necesidad de criaturas sobrenaturales: la monstruosidad anida entre nosotros, porque es la expresión de la mezquindad humana. El marco elegido por Leiber para hacerla aparecer es esa comunidad universitaria cuyos miembros forman un microcosmos pútrido en el que reinan las apariencias y la más gazmoña moralidad: un lugar donde solo hay espacio para los juegos de poder. Un poder minúsculo, pues estriba apenas en la obtención de pequeñas prerrogativas y, sobre todo, en la embriagadora sensación de dominio sobre los demás.
La magia es el arma mediante la cual se espera conseguir ese poder (o evitar que otros lo consigan). Y como indica el título de la novela, sus adeptas son las esposas de los profesores de Hempnell, esas mujeres que en apariencia subordinan su vida a la carrera profesional de sus esposos (grises e incluso poco brillantes: hablamos de una universidad muy secundaria), insatisfechas sexualmente (no es para menos, con tales maridos), cuya actividad esencial es la intriga y el disimulo. Es más, el planteamiento de Leiber incide en el hecho de que esa inclinación hacia la magia la comparten todas las mujeres, pues la feminidad siempre será el reducto de la espiritualidad frente a la indiferencia masculina ante aquello que desborda su cotidiano horizonte material. Dicho de otro modo, toda mujer es una potencial bruja.
¿Es, por ello, Esposa hechicera, un relato que supura misoginia por los cuatro costados? Una lectura superficial así podría indicarlo, y no niego que lo sea, pero dos elementos lo matizan. El primero es que, sin lugar a dudas, y exceptuando al protagonista (aun así, zarandeado por acontecimientos que acaban desbordando su «limitada» visión de la realidad), los personajes verdaderamente activos, por tanto llenos de vida y no meramente vegetativos, son los femeninos (al contrario que los esposos, unos zotes fácilmente manipulables). El segundo es el evidente sentido del humor con que Leiber impregna su fábula, que cuestiona la irreparable instauración de lo irracional, siempre a través del personaje de Saylor, el cual incluso intenta reducir los conjuros a ecuaciones, tratando de salvaguardar, al menos en cierta medida, su anterior concepto de la vida y la ciencia.
Esposa hechicera es una novela espléndida, que no dudo en calificar como una de las obras maestras del género. En ella, brillan sobremanera dos conceptos. El primero es la magnífica densidad psicológica con que se describe el enfrentamiento del progresivamente desarmado Norman Saylor a esos acontecimientos para él terribles. El segundo, el dominio de los recursos narrativos por parte de Leiber para modular el desarrollo de la historia, siempre desde el punto de vista de su protagonista, desde la ambigüedad que baña toda la primera parte hasta el horrible descensus ad inferos a que acaba siendo arrastrado. Esposa hechicera, por lo tanto, es un magnífico relato atmosférico, con momentos literalmente absorbentes, que revela a un escritor bien consciente de que la credibilidad siempre es cuestión de estilo, de tono, de convicción.