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martes, 30 de marzo de 2021

YOGA (Emmanuel Carrère, 2020)

 Benito Arias

     ¿Qué voy a recordar de Yoga, de Emmanuel Carrère? Me temo que retendré en la memoria la decepción que deja una obra con un buen arranque y un buen desarrollo a lo largo de dos tercios del libro, pero que de pronto se estrella contra el buenismo y la falta de ideas. Es una ley de obligado cumplimiento que en los libros el final ha de ser mejor que el principio. En caso contrario, el lector va a renegar del producto. Por poner otro ejemplo reciente en mi propia experiencia, la mejor novela de ciencia ficción de la historia (para algunos), Dune de Frank Herbert, empieza muy bien, se mantiene a duras penas y es una tortura acabarla. Así también la irregular propuesta de Carrère, que es ensayo y novela autobiográfica al mismo tiempo, una novela del yo, pero con censura al dejar fuera de la trama principal el motivo de su crack-up (una ruptura sentimental que por razones contractuales no puede incluir en el relato), y por ello acaba despeñándose por una pendiente imputable únicamente al propio autor, a las expectativas que va creando, a sus recursos novelísticos, a la tensión que se alza para acabar en nada.

   Hay tres partes fundamentales en el libro: el yoga y la meditación por un lado, la depresión por otro y la salida de su crisis en los capítulos finales. El proemio meditabundo está bastante logrado, porque cuenta con jugoso detalle y sin santurronerías su experiencia con el yoga, el silencio, el taichi, en fin, los orientalismos tan de moda entre nosotros, y uno llega a la conclusión de que todo ello es perfecto para aligerar la mente y sanar del estrés o las tensiones cotidianas (si no son muy severas) aunque como filosofía sabemos que es una radical e irracional incongruencia, incluso deleznable desde un punto de vista social, ya que genera ciudadanos pueriles e irresponsables como muestra el propio Carrère con esa imagen de los yoguis suizos impertérritos ante el desastre del tsunami en Sri Lanka. De todo ello, y con equilibrio, da buena cuenta el autor con anécdotas iluminadoras sobre pánfilos de sonrisa perenne viviendo en las urbes occidentales o visitando los lugares sagrados del budismo para sumarse al éxtasis naranja como un monje más. En fin, en todo caso la idea de pararse, pensar un poco o no pensar en nada, dejar atrás la ira y la indignación no vendrían mal a casi nadie; aunque para ello no hacen falta cojines especiales ni esterillas, basta por ejemplo con una buena película, salir a correr o ver a los amigos. Hasta donde me resulta posible interesarme por algo hacia lo que siento un obstinado rechazo (el yoga), el libro de Carrère logra mantenerme proclive y hasta curioso y dispuesto a la tregua.

   Luego llega la caída, la depresión no explicada, el sanatorio, el tratamiento eléctrico, la desolación y el relato de su manía. Debo decir que aquí empiezan los problemas, ya que ni de lejos se acerca a testimonios como el de William Styron en Esa visible oscuridad; pero bueno, sigue siendo honesto y sincero, cuenta cómo le ha ido a él en la negrura de su noche, y sigue interesándonos.

   Pero al final llega la salida, y debo advertir que las cien páginas finales parecen escritas para rellenar y terminar, porque su interés es nulo. No nos interesan nada sus andanzas en el campo de refugiados de una isla griega, ni los personajes que allí conoce (adolescentes la mayoría, y en mi opinión nadie en su sano juicio tiene contacto con adolescentes a los 60 años si no es por obligación laboral o familiar), luego entona una loa a su editor, extrae unas consecuencias desmedidas de una anécdota liviana sobre su manera de escribir a máquina en relación con su literatura y, en fin, acaba, no sabemos muy bien por qué, seguramente porque había llegado ya a las 300 páginas.

   Resulta preferible El adversario, en todos los sentidos, y supongo que también otros libros anteriores, pero no he leído nada más. Yoga es un libro que hubiera resultado interesante si le hubiera quitado toda la urdimbre políticamente correcta y new age de la que ha estado renegando por escrito, y que al final se le cuela con banal sentimentalismo. Aún más, esta novela (digamos) hubiera resultado mucho más verdadera si, como estaba planeado y exigían las circunstancias, la fracasada relación amorosa hubiera comparecido ligada a la desesperación del autor, su depresión y la escritura de esta catársis. Los motivos por los que no fue así están ahora en todos los periódicos, y parecen pesar más que el propio libro fatalmente mutilado de ellos.

jueves, 5 de septiembre de 2019

UN CAPITÁN DE QUINCE AÑOS (Julio Verne, 1878)

 
José Miguel García de Fórmica

   En 1878, Verne publicó una novela que durante mucho tiempo se situó entre las favoritas de sus lectores, pero a la que el tiempo está eclipsando de modo implacable. El planteamiento que eligió es soberbio: el viaje en principio plácido que emprende el Pilgrim desde Nueva Zelanda a California acaba convirtiéndose en una odisea de la angustia cuando, intentando cazar una ballena, perece toda la tripulación, quedando a bordo tan solo el grumete, un grupo de trabajadores negros a quienes habían rescatado previamente del mar, la esposa del armador con su hijo pequeño y un primo entomólogo que no es sino un niño grande. Una odisea porque el único adulto con conocimientos marinos que sigue en el barco, el cocinero Negoro, altera la brújula y engaña a los pasajeros del barco hasta llevarlos al África negra de los tratantes de los esclavos. Verne, desde luego, estaba sobradamente dotado para este tipo de dramaturgia, como demuestra una de sus primeras obras maestras, Aventuras del capitán Hatteras, todo un prodigio de atmósfera de incontenible tensión moral en el terreno de la exploración polar. Sin embargo, si Un capitán de quince años no consigue estar a la altura de las mejores obras de su autor, en buena medida es porque su sustancia narrativa está subordinada al fastidioso propósito con que fue concebida, y que no es ese propósito formativo que baña todos los Viajes extraordinarios, sino una intención muy concreta: hacer del protagonista un retrato del hijo soñado, por contraste con las preocupaciones y sinsabores que le daba el real, Michel, al tiempo que ofrecía a este y a toda la juventud un modelo de conducta.
   El nombre de la novela es suficientemente explicativo: descartando al tenebroso Negoro (dibujado como villano desde su misma presentación), todos a bordo confían la suerte de la navegación, y por tanto el liderazgo de la empresa, al joven Dick Sand, el grumete. De entrada, me imagino a Michel Verne riéndose a mandíbula batiente del modelo que su padre trazaba ante él. Pues por mucho que uno recuerde a Dick Sand, ante todo, por su intrepidez y energía, lo cierto es que su trayectoria como capitán es la crónica de un fracaso tras otro. Dick es engañado con impune facilidad por los dos únicos adultos a los que no seduce su condición de «pequeño gran adulto», es decir, al señalado Negoro  y al tratante Harris. El primero se las arregla para que Dick lleve el Pilgrim no a las costas de América sino a las de África (que ya es desviarse sin sospechar nada, por inexperto que sea el marino), y el primero por hacer pasar el continente negro por el continente hispano, internándolo en la selva hasta caer en manos de los traficantes de esclavos. Es más, el rescate del grupo llegará mucho después a manos del gigantón Hércules, uno de los negros del grupo, y no de él: en su haber, al menos, puede señalarse que, ante el último peligro que viven sus supuestos protegidos (el ataque de unos indígenas en mitad de un río), él es quien los salva gracias a un oportuno disparo que precipita a estos por una catarata.
   Es irónico que este educador de la juventud fuera más bien incapaz de trazar retratos creíbles de niños o adolescentes (de esto es buena muestra su novela sobre náufragos infantiles Dos años de vacaciones). Tal vez por ello, el escritor no acierta a dibujar a Dick Sand (salvo en determinados momentos) como el héroe incompleto que realmente es: un héroe en potencia que todavía no está en condiciones de serlo porque, vitalmente, es demasiado pronto para él, con la consiguiente zozobra interior que produce en él la distancia entre el hombre seguro que su sentido de la responsabilidad le exige ser y el adolescente inseguro que en realidad es. El problema es que Verne libra a su personaje cuanto puede de esa necesaria fragilidad y esto le arrebata la vulnerabilidad que lo hubiera hecho más creíble.
   Un capitán de quince años carece de la grandiosidad que asociamos a los mejores ejemplares vernianos, si bien eso no impide que la leamos con grato placer. La diversidad de los escenarios, de los marinos a los terrestres, se basta para mantener siempre la atención de la peripecia, pero es evidente que lo mejor, lo que a Verne le interesaba más, se encuentra en su segunda mitad: en su llegada a tierras africanas. Desde el momento en que los náufragos del Pilgrim se internan en la falsa Sudamérica, la novela por fin se inviste del sentido de angustiosa incertidumbre que requería la historia de esos seres zarandeados por el destino, sobre todo a partir de ese espléndido capítulo en que los protagonistas quedan atrapados en un termitero donde se han refugiado de la lluvia tropical y por el que va penetrando el agua procedente de la inundación exterior. 
   En manos ya de Negoro, la descripción de esos escenarios marcados por el tráfico de esclavos resulta notable, tanto durante la larga marcha hacia el poblado de Kazonde —cuyo dramatismo es subrayado por Verne mediante un notable recurso estilístico: ceder la narración a las notas tomadas por el propio Dick Sand, deparando así un conseguido sentido de la inmediatez, como prueba el memorable  ataque nocturno de los cocodrilos a los desdichados esclavos en plena llanura inundada— como el dibujo de este cuartel general de los negreros, sobre todo de la corte del reyezuelo indígena al que los tratantes tienen en perpetua embriaguez. Si toda la novela hubiera sido como estos momentos, Un capitán de quince años seguiría figurando como uno de los grandes títulos de su autor, pero cuando menos nos deja a los vernianos un viaje, si no extraordinario, sí de lo más estimable. 

lunes, 19 de agosto de 2019

EL HOMBRE QUE ATRAVESABA LAS PAREDES (Marcel Aymé, 1943)

Francisco Villalba

   Descubrir que había adquirido la curiosa facultad de atravesar las paredes no tuvo para Dutilleul nada de extraordinario. Además, amenazaba con perturbar su discreta y apacible existencia. Pero cierta situación le indujo a echar mano de sus poderes, y ya entonces nos barruntábamos que podría acabar enganchado, lo que efectivamente ocurrió, con las consecuencias que ustedes descubrirán si llegan a conocer sus aventuras.
   “El hombre que atravesaba las paredes” es el primero de la serie de relatos de Marcel Aymé, agrupados con el mismo título, editada por Argos Vergara en 1983. La edición original, “Le passe-muraille” data de 1943.
   La protagonista del siguiente relato también está capacitada para subvertir las leyes de la física. Se llama Sabina, y posee el don de la ubicuidad. Al igual que Dutilleul, Sabina sucumbe ante la tentación, en este caso la de multiplicarse por doquier. Y ya les anticipo que tiende a la ninfomanía.
   En los dos textos siguientes, consistentes en fantasías basadas en la manipulación del tiempo, no percibo la misma naturalidad que en el resto de historias. La pujanza se recupera con la siguiente narración, “El proverbio”, en la cual no hay alucinaciones físicas ni temporales, sino una situación doméstica que transita de la tensión a la jovialidad. Puede parecer poco original, pero el tratamiento es magnífico. Especialmente estremecedora es la amenaza latente en la última frase del relato.
   El libro se completa con otros cuatro cuentos, todos deliciosos y con mayor o menor delirio, cada cual con una temática diferente. La melancolía llega al final, en un último relato nombrado “El último”, cuya última frase son las últimas palabras dichas por alguien que siempre llegaba el último.
   Las historias de Aymé son ligeras, intrascendentes, suavemente irónicas y grotescas, a veces no tan suavemente. Pero no falta el dramatismo, y siempre quedan por ahí sombras extrañas, aunque de manera contenida, siempre con un guiño de calidez. Uno de los géneros cultivados por Aymé es el cuento infantil. Convertida a una temática adulta, los relatos del “Pasa-murallas” contienen la frágil desmesura de un buen cuento infantil. Casi todas las historias admiten una lectura moral o sociológica, pero no creo que Aymé pretenda exponer tesis o ideas, más bien las neutraliza y juega con ellas. 
   El inconveniente para conocer en lengua española a Dutilleul, las Sabinas, y los demás, es que solo puede ser en páginas amarilleadas por el tiempo, bien prestadas o bien reposando en algún recóndito estante de alguna ignota librería de segunda mano. Bueno, no tan ignota, que para eso está el internet.

viernes, 19 de abril de 2019

EL MAPA Y EL TERRITORIO (Michel Houellebecq, 2010)



Benito Arias

    Continúo mi recorrido por la obra de Houellebecq, a menudo relecturas, con esta novela que me fatigó en su día y que ahora al regresar a ella en otras condiciones (la primera vez fue en digital, ahora en papel) me ha gustado bastante. Primera apreciación, por tanto: las obras saben distinto según el formato en que las leemos, y la lectura apresurada en formato electrónico, que suele hacerse en circunstancias incómodas, a ratos perdidos y muchas veces asediados por los ruidos, a la larga perjudica la valoración y el disfrute de unos libros que no hempos leído propiamente como tales. 
   Lo primero que se suele destacar de esta novela es cierta sorpresa por haber dado con una novela clásica firmada por el post-moderno Houellebecq. En efecto, escrita en tercera persona, extensa, galardonada con un premio como el Goncourt, sin apenas contenido sexual y centrada sobre todo en un personaje claramente distinto del propio autor, parece una novela sin más, no las rarezas a que nos tenía acostumbrados. Lo curioso es que introduce a un personaje tan crucial como extravagante: el propio Michel Houellebecq, que interactúa con el personaje principal, el artista Jed Martin, a quien, es verdad, seguimos al modo de las novelas biográficas desde su juventud hasta su muerte a lo largo de una vida descrita mediante situaciones cruciales para el desarrollo de su obra artística. Este detalle del propio autor inserto en su novela no es que sea la suprema originalidad; pero tampoco es algo frecuente ni clásico (Cervantes no cuenta, es el menos "clásico" de los novelistas).
   Compuesta de tres partes, la primera coincide con el periodo de formación de Jed Martin, la segunda con el momento del éxito y la relación con Houellebecq y la tercera con una investigación de tipo policial y el desarrollo de sus últimas obras. Es sumamente curioso el papel del propio Houellebecq en la novela, en absoluto episódico, ya que es uno de los pocos personajes decisivos en la vida de Martin. Con esta excusa se nos expone, esta vez sí, el personaje real del autor, en una especie de confesión directa, no fantástica como la que podemos adivinar en Ampliación o Serotonina, se supone que verídica aunque tal vez contenida, mostrando la imagen de una persona tendente a la depresión, amable, inteligente, poco sociable, amante de los aparatos tecnológicos y los placeres sensibles. En suma, lo que ya adivinábamos, pero en esta ocasión con pátina de autenticidad. No es usual encontrar autorretratos descarnados y creíbles de los novelistas que practican la autoficción; creo que lo han conseguido Philip Roth, J. M. Coetzee o Milan Kundera; pero no, por ejemplo, Javier Marías, Muñoz Molina o Javier Cercas, por un prurito de pudor respetable pero tal vez incongruente con la forma de novela abrazada. En los últimos años, por ejemplo, Rachel Cusk logra darle un giro a esta tendencia tan propia de finales del siglo XX y vuelve a Balzac o Stendhal, desapareciendo de sus ficciones aunque sea ella misma, de un modo declarado, quien, omnipresente, da la voz a una multitud de personajes con los que interactúa, en su impactante trilogía compuesta por A contraluz, Tránsito y Prestigio. La autoficción, por tanto, está bien instaurada ya en la novela contemporánea y admite diversos tonos: el de Houellebecq se suma al de los más radicales, en línea con los nombrados Roth, Kundera o Coetzee.
   Pero al margen de esta licencia, algo morbosa y muy estimulante, de introducirse como personaje, El mapa y el territorio es la novela de Jed Martin, un artista versátil que irá virando de la fotografía a la pintura y el vídeo. Se nos describen sus periodos, sus obras (muy bien pensadas y justificadas por el narrador) y su vida personal, lo que es como decir sus relaciones con su padre y un par de noviazgos intensos. La personalidad de este artista, en absoluto alter ego de Houellebecq (más bien parece el tipo de amigo que le cae bien) no está tan bien definida como la de esos travestidos del propio autor que pueblan sus otras novelas; pero a cambio el entorno objetivo y la obra artística quedan muy bien retratados. Es del todo sobresaliente la ficción acerca de su obra, no sé si inspirada por artistas reales, supongo que en parte sí; pero en todo caso parece consistente, original y muy a tono con las posibilidades del arte contemporáneo.
   Por último, en la tercera parte Houellebecq se revela como un curioso autor de novela policiaca. Hay quien ha criticado este giro final (pienso en la reseña de Guelbenzu); pero tanto en la descripción del crimen como en el seguimiento de la investigación resulta intrigante y atractivo, gracias especialmente a un estilo tan ágil como rico. No se demora más de cien páginas sobre las casi cuatrocientas de la novela, pero es un paréntesis fresco, que eleva el tono algo cansino que adopta la narración al final de la segunda parte, con un exceso de documentación prescindible (es sabido que el autor ha abusado de la Wikipedia en esta novela).
   El mapa y el territorio es la novela de Houellebecq que más pueden apreciar los lectores incómodos con su usual pesimismo y con su sexualidad descarnada. De hecho, parece haberse propuesto hacer una novela de las de toda la vida pero a su modo (como ya hemos indicado), o tal vez ha buscado conseguir el premio desde el principio y se ha amoldado a unos parámetros más populares sin renunciar del todo a su estilo, el caso es que lo ha logrado y aunque no sea la novela preferida de sus seguidores más acérrimos, sí podría ser la mejor entrada para los que quieran iniciarse en su obra.

sábado, 19 de enero de 2019

AMPLIACIÓN DEL CAMPO DE BATALLA (Michel Houellebecq, 1994)


Benito Arias

   Después de haber pasado por el resto de sus libros, con más o menos entrega, dependiendo de los casos, he vuelto a la primera obra en prosa de Houellebecq, publicada en 1994, y que él dice es una novela ("una sucesión de anécdotas en las que yo soy el héroe", pág. 18); pero que es aún menos novela que el resto de sus muy poco novelísticos libros. En realidad es como casi siempre una confesión o un diario ficticio, en línea con sus otras variaciones sobre la "narrativa del yo"; si acaso aún más impura como narración que las posteriores. De hecho, encontramos en Ampliación menos intentos por arropar las divagaciones del personaje central con sucesos, más peso de los sueños, excursos y hasta fábulas alegóricas insertas (muy curiosas), hay más espontaneidad y con ella más defectos, exageraciones y algo de relleno. Es un Houellebecq en estado naciente.
   No es el que más me gusta de sus libros, pero tampoco el que menos, y me ha sorprendido que lo recordaba tristón y pesimista, y sí que lo es; pero en esta relectura he visto también sencillez y un inicio de superación del pesimismo que me había pasado desapercibido. Adelanto que ese posible despegue tras una depresión que pone al narrador al borde de la muerte es el mismo que el descrito por Francis Scott Fitzgerald en su The Crack-Up, es decir: el poder de lo sensible, el abandono de la reflexión y el abrazo a los placeres de la vida.
   Pero el grueso de la novela (bastante corta, sólo 174 páginas) transita por los enfangados corredores de una mente en la que ha desaparecido el gusto por la existencia. El trabajo como ingeniero de sistemas informáticos le trae al fresco, le da igual vivir en París o en otras ciudades a las que debe trasladarse para dar cursillos, no tiene amigos ni novia, lleva dos años sin mujeres, sus contactos más íntimos son con un ex compañero de estudios, ahora cura, y un compañero de trabajo que sólo desea amor y sexo pero que es tan feo (repulsivo, en realidad) que le resulta imposible obtener ni lo uno ni lo otro. La descripción de esta relación, las salidas por Ruán con el sapo Raphaël, son tal vez lo mejor de la novela y el momento álgido de la "trama", ya que nuestro muy deprimido y nihilista personaje actúa como una especie de Frankenstein hasta hacer de su colega un asesino en potencia.
   Por lo demás, aquí tenemos al muy incorrecto Houellebecq en todo su esplendor. No faltan las referencias negativas al trabajo, a la mujer manipuladora, al psicoanálisis, al feminismo, a los negros, a los adolescentes o a los clochards, y positivas tan solo al tabaco, el sexo sin complicaciones, los antidepresivos y el alcohol. La raíz del conflicto lo expone con ingenua simplicidad: "Hay un sistema basado en la dominación, el dinero y el miedo, un sistema más bien masculino, que podemos llamar Marte; y hay un sistema femenino basado en la seducción y el sexo, que podemos llamar Venus. Y eso es todo." (pág. 165). Puro Houellebecq.

martes, 13 de febrero de 2018

CLIMAS (André Maurois, 1928)

 
Benito Arias 
 
   Hay un grupo de escritores de principios del siglo XX a los que ha arrastrado el tiempo más o menos injustamente, a pesar del éxito que disfrutaron en vida. Pienso en Knut Hamsun, Somerset Maugham, Hermann Hesse, Stefan Zweig  o André Maurois, entre otros. Son autores que esperan desde sus tomos de obras completas en las librerías de lance a que nuevos lectores vuelvan a apreciar sus esfuerzos ahora caducados en la novela. Reediciones puntuales y hasta nuevas traducciones, por ejemplo en el caso de Stefan Zweig, no invalidan el juicio de que son novelistas que han perdido la batalla contra el tiempo, primero porque representaron la versión más convencional de la novela del pasado siglo, una vez que se impuso la renovación de Joyce, Kafka o Faulkner; más tarde, en la actualidad, porque es imposible asumir su modo de encarar cuestiones políticas o morales, por ejemplo en lo relativo al amor y la mujer. Esto último llega incluso a indignar en el caso de Climas.
   No conocía esta novela de André Maurois, editada originalmente en 1928, pero la había imaginado muchas veces desde sus múltiples portadas en Plaza y Janés, todo un éxito editorial en su época, un auténtico best-seller. Hace ya tiempo Ediciones del Bronce la sacó con nueva y mejorada traducción, a cargo de Assumpta Roura. Y ahí estaba dormida, al lado de unos imponentes tomos en pasta dura, que apenas se pueden abrir porque enseguida se rompen. Este libro se lee en un par de tardes. La técnica es soberbia, inspirada en sus modelos declarados: Stendhal, Merimée, Turgueniev, Tolstoi... Pero en un tono más ligero. Está dividida en dos partes, cada una dedicada a un amor de Philippe, el personaje principal masculino: Odile en la primera, Isabelle en la segunda. En la primera emplea una larga carta de Philippe a su segunda esposa (Isabelle) para relatar su historia con la primera (Odile). En la segunda parte es Isabelle la que emula el recurso escribiendo sobre su amor a Philippe, mientras incorpora cartas y notas del diario de su marido.
   Philippe es un hombre entregado desde joven al amor, primero sin aceptar compromisos, hasta que se enamora perdidamente de Odile, se casa con ella y empieza de golpe a sufrir porque su Amazona es eso, una mujer con vida propia y no se pliega completamente a su deseo de posesión. Tendrá que sufrir la infidelidad y el abandono de su amada, así como su posterior suicidio (a todas luces, un simbólico castigo a su supuesta crueldad). Por su parte, Isabelle es todo lo contrario, una entregada y devota esposa que lo tranquiliza al principio, si bien llega a asfixiarlo en algunos momentos. Al final de sus días pierde la cabeza por Solange, que le recuerda el estilo de Odile, otra mujer inconstante pero vital, bella y autónoma, viéndose obligado a regresar herido de muerte a la tranquilidad de su paciente Isabelle.
   La trama, como se ve, no es gran cosa. La forma de desarrollarla sí lo es, porque no desfallece en ningún momento y nunca perdemos el interés por personajes tan limitados, tal vez porque el arquetipo tiene menos calado que la trama particular. A ello contribuye el buen uso de recursos muy concretos: la mezcla de géneros (relato con cartas, fragmentos de diario y cambios de punto de vista), el fraseo elegante y muy claro, los diálogos condensados, los capítulos cortos...
   El problema se presenta por el lado del contenido, sobre todo en la segunda parte, cuando la rancia valoración de las relaciones que hasta entonces habíamos atribuido a los prejuicios de la época, se convierte en abierta misoginia. Es verdad que narra la propia Isabelle, y que los peores insultos a la mujer los emiten las propias mujeres; pero resulta inaudito pasar los ojos por frases como éstas:

   "... Las mujeres somos poca cosa y podemos aportar menos" (p. 176)

   "- ¿La consideras inteligente?
    - Para ser una mujer sí que lo es..." (p. 180)

   "Mis mejores amigas -dentro de lo que una mujer puede ser amiga de otra- ..." (p. 183)

   "Un hombre no se entrega totalmente al amor: tiene su trabajo, sus amigos, sus ideas. En cambio una mujer como yo no puede sino vivir para amar." (p. 192).

   Sabemos que los autores no son responsables de las creencias de sus personajes; pero es curioso que la opinión generalizada de éstos confluya en una pintura tan poco favorable de las mujeres, frente a unos varones que cometen las mismas o peores faltas que ellas sin por ello merecer condena alguna. El dualismo excluyente que opone en la mujer un comportamiento alegre pero infiel y otro fiel pero celoso no encuentra más que reproches, y la novela peca de parcialidad. Parece que  no hay manera de ser mujer y amar al pueril Philippe sin ganarse sus reproches. Es una pena, porque la novela, repito, está muy bien escrita, y salvando ese ruido de fondo se disfruta bastante, si bien no podría superar la barrera de las reivindicaciones morales de nuestros días, y esta vez con total justicia.

   André Maurois es autor de otras novelas menos afamadas que ésta, y de ensayos y biografías que aún se pueden leer con gusto. Recuerdo con mucho agrado su biografía de Turgueniev, por ejemplo. Como autor de literatura de género merecería una revisión. Recomiendo una brevedad titulada "La casa", un maravilloso cuento de fantasmas, y de paso la película que mejor ha aprovechado la anécdota que relata, Al morir la noche (Dead of Night, 1945), colección de cortos fantásticos dirigidos por cuatro directores distintos con el hilo conductor del cuento de Maurois.

martes, 5 de diciembre de 2017

PAS SON GENRE / LA FEMME INFIDÈLE (Philippe Vilain, 2011 / 2013)

 

Benito Arias
  
    No he encontrado ningún comentario ni reseña en español sobre este autor francés. Tampoco hay, que yo sepa, ninguna obra suya traducida, así que veo conveniente una pequeña introducción: se trata de un escritor nacido en 1969, doctor en Literatura con una tesis sobre Annie Ernaux, Es un ensayista  bastante prolífico, que ha publicado libros sobre la autoficción, la timidez o la literatura francesa actual. Sus novelas reposan sobre dos ejes: la autoficción y el análisis del amor. Lleva publicadas diez, siendo la última, La fille à la voiture rouge (2017), confesamente autobiográfica.
   He leído dos de ellas, y me gustaría aportar una impresión general y luego algunas oservaciones particulares.
   La impresión general es que las novelas de Philippe Vilain son ideales para los lectores extranjeros. Dejen por un momento a Fournier y a Camus en la estantería, y si están estudiando la maravillosa lengua de nuestros vecinos, busquen los libros de Philippe Vilain: les prometo que su autoestima crecerá exponencialmente. Van a comprobar que saben más de lo que creen, es más: que lo entienden practicamente todo. Sin embargo, no por ello se trata de libros limitados en el aspecto lingüístico, no estoy diciendo eso, ni mucho menos; lo que ocurre es que el lenguaje de Vilain gira alrededor de las emociones y los sentimientos, de las reflexiones abstractas. No encontrarán descripciones de bosques, catedrales ni ejércitos, no tendrán que descuajaringar los diccionarios buscando el término preciso para esas cajitas de rapé que se usaban en el XIX, tampoco se estamparán a cada línea contra expresiones locales que ni los propios franceses usan en la actualidad. Además, sus monólogos son sintácticamente muy fluidos y artesanales, sin experimentalismos, así que se leen con gran fluidez.
   El tema fundamental de Vilain es el amor y las mujeres desde el punto de vista masculino, el propio autor o un sosias muy cercano a su modo de ver la vida y las relaciones. No lo oculta. La forma es el monólogo en primera persona, punteado con diálogos reproducidos fielmente de memoria. Las descripciones serán las precisas, o quizás toda la novela es la descripción de un personaje, de un carácter. Hablamos, pues, de novelas psicológicas, muy legibles, de una sencillez encantadora y con propensión a la filosofía, a la meditación ensimismada.

   Pas son genre (2011) es la más conocida, y en mi caso la puerta de entrada a este autor. Fue la base para una película del mismo título, dirigida por Lucas Belvaux. Vi primero la película, que me gustó, y después leí la novela, que me gustó mucho más. ¿Podría un profesor de Filosofía, joven y ambicioso, multiempleado en un liceo de provincias y en la universidad de París, que lee habitualmente la Crítica del Juicio de Kant o a Hegel, enamorarse y mantener una relación perdurable con una madre soltera, peluquera, arraigada en esa ciudad de provincias donde puntualmente ha caído para dar clases? Si se quiere conocer la respuesta a la pregunta, basta con ver la película; pero para enredarse en los motivos, las tormentas interiores y las reflexiones del complicado mortal, hay que leer la novela.

   La femme infidèle (2013) es la obra posterior, y tiene una extensión similar, también se trata de una novela corta. En este caso, el tema es la infidelidad, pero desde el punto de vista del marido cornudo. De nuevo tenemos una situación que cae como un disparo, y viajes en tren, y escenarios que sirven de fondo a la revolución interna del marido. Empezamos con la sospecha, la investigación, seguimos con la melancolía, las reflexiones y una decisión final.
   En un momento de la novela, el personaje reconoce que sin mujeres se aburre ("Sans femmes, je m'ennui", p. 86), y añade que su gran pasión es estudiarlas. La admiración por las mujeres se transmite en las novelas de Vilain más allá de los conflictos de pareja, y en el fondo parece decirnos que las mujeres suelen adoptar posiciones más sabias, y que los hombres somos un poco infantiles en comparación con ellas (como hoy mismo leía en una bonita entrevista con António Lobo Antunes). Es así.

viernes, 17 de noviembre de 2017

LA SEÑORA BOVARY (Gustave Flaubert, 1856-1857)


Benito Arias

   Vamos con Flaubert y su mejor libro. No lo había releído desde mi primera vez, allá por el 85. Va a ser verdad que hay lecturas según edades, como defendía Hume, y escritores también. Flaubert es para mayores; resulta demasiado frío para los jóvenes.
   Quiero aclarar que no me he enamorado de Emma, a diferencia de Vargas Llosa, del que también he repasado estos días su precioso ensayo "Una pasión no correspondida"; pero entiendo que despierte ensoñaciones calenturientas, es como esas mujeres que lo tienen todo y sin embargo no nos cuajan, con la diferencia de que Emma no lo tiene todo: es caprichosa, cursi, atolondrada y por supuesto manirrota; aunque también simpática y ardiente. Si es tan apasionada en el amor físico es porque vive para el amor, no separa el alma y el cuerpo, hace lo que puede para su época, se aprovecha de esa nulidad que tiene por marido y en general manipula a los hombres, menos a Rodolphe, que la deja en el último momento. Su marido Charles y Léon beben los vientos por ella, y el lector lo entiende por pasajes como éste: 

   Se desnudaba con violencia, arrancando la cinta estrecha del corsé, que le silbaba alrededor de las caderas como una culebra que pasara escurriéndose. Iba de puntillas a comprobar otra vez que la puerta estaba cerrada y, después, dejaba con un único ademán que toda la ropa cayera junta; y, pálida, callada, seria, se desplomaba contra el pecho de Léon con un prolongado escalofrío (pág. 323)

   He leído la traducción de María Teresa Gallego Urrutia en Alba. Es muy buena, aunque la edición de Alianza la sigo conservando por la selección de cartas, y porque fue la primera.
  Ya digo que Flaubert no es de mis autores predilectos. Algún día espero terminar su exasperante La educación sentimental, pero lo llevo con calma; los cuentos me dejan indiferente; la correspondencia me resulta monótona y obsesiva, sus otras novelas no llegan al nivel de la que le ha dado fama universal. El libro de Jordi Llovet con fragmentos selectos me gustó mucho, se llama Razones y osadías, y lo editó Edhasa en su colección de aforismos.
   ¿Está justificada la posición de Madame Bovary en la historia?  Por supuesto que sí, es todo un clásico: eso ya lo han dejado claro los críticos profesionales y sus iguales escritores, sobre todo el más autorizado (por adelantado, por extranjero, por altura artística) de entre todos ellos, Henry James. Para mí, es una novela admirable, aunque no me ha absorbido la atención como otras novelas objetivamente peores logran hacer a cada rato. La perfección formal, indiscutible, le resta quizás algo de pulso al relato, y en lugar de una novela sobre nada, parece más bien querer serlo sobre todo: social e íntima, costumbrista y psicológica, moralista y libertina... Eso provoca que uno rechace el aspecto que no le interesa tanto. Un ejemplo es el celebrado capítulo de la feria, que tanto antes como ahora me ha parecido una lata. A cambio, capítulos igualmente célebres como el del paseo en coche por las calles de Ruán me han parecido fantásticos. Mi última queja es el aspecto económico del relato, la detallada jerga legal sobre pagarés y herencias, deudas y temblores, es un apartado necesario, pero fatigoso, seguramente porque en el fuero interno me hallo más cómodo en el bando de los románticos que en el de los realistas. Lo mejor, lo más perdurable de todo, es el retrato de esa mujer que, mientras leía, se me antojaba tener al lado, inmersa en sus folletines y presa de la agitación, como si fuera a encontrarse al caer de la noche con su amante.