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sábado, 14 de enero de 2023

DEJAR DE LLAMARTE (Vicente Ruiz, 2017)

 

Mayte Padilla

   Mi postre fetiche es el tiramisú. Me encanta comerlo, y me precio de saber prepararlo con óptimos resultados porque aprendí de una amiga italiana. Suelo pedirlo en cualquier restaurante que lo ofrezca en su carta para, tras una minuciosa cata, proceder a encuadrarlo en mi ranking personal.

  Tres elementos clave componen un tiramisú canónico: la crema, en la que el azúcar no debe enmascarar el sabor del mascarpone hasta el punto del empalago; el bizcocho, con cierta consistencia pero mejor si no es excesivamente grueso, humedecido lo justo en la mezcla alquímica de café y amaretto para que resulte estimulante y caliente el paladar; y el cacao, amargo, áspero, para hacer destacar por contraste la suavidad del resto de los ingredientes.

    Dejar de llamarte, la primera novela de Vicente Ruiz, publicada en 2017, es un delicioso tiramisú artesanal. Caeré en el chiste fácil: es el tiramisú de la abuela, ese postre que, aunque sencillo en su elaboración y presentación, desafía por su sabor y textura a cualquier compleja elaboración del más reputado chef.

   Así, esta autoficción en la que una mujer a punto de alcanzar su madurez rememora la figura de su abuela, fallecida recientemente, se compone de tres partes; y me hizo atravesar, como lectora, por tres estados de ánimo.

   En la primera parte la protagonista, Noelia, pasea por Valencia mientras recuerda su infancia, preñada de descubrimientos: la música, el barrio, los placeres estivales, las rutinas caseras…, bajo los cuidados cariñosos pero no condescendientes de su abuela, omnipresente en el papel de matriarca de una familia en la que los hombres apenas tienen presencia. Diría que brillan por su ausencia si no fuera porque no hay subrayados en esta historia. Todo se enuncia con una sencillez desarmante.

   Esta primera parte es la crema de mascarpone. Podría haber sido convencionalmente dulce en su bosquejo de una infancia no ideal, pero esencialmente feliz; podía haber quedado insípida al abundar en la descripción de una ciudad ajena, que no atrapa y que en mi opinión es lo más olvidable de la novela. Es un momento en que aún se observa a esa niña, y a la narradora adulta, desde fuera, de forma que sus peripecias apenas nos interpelan, más allá de las coincidencias generacionales. Sin embargo, la narración tiene la virtud de mantenerse fluida, ligera, gracias a un uso del lenguaje rico pero sin florituras, y te va atrapando en su corriente: es una crema no especialmente sabrosa pero perfecta para amalgamar lo que vendrá después.

   La segunda parte es el cuerpo de la historia: el bizcocho. Conocemos a la Noelia adolescente, y en su primera juventud cuando, paradójicamente, su vida queda ya irremediablemente ligada a la de la abuela octogenaria con la que se queda a vivir cuando la madre inicia una nueva relación de pareja. El eslabón materno queda un tanto al margen de la ecuación, a la búsqueda de su propia historia, y abuela y nieta quedan juntas, solas. Buena, solas no. Está la Tula, personaje entrañable y con entidad propia.

   El desfase vital entre la joven y la anciana agudiza las aristas de la convivencia, y el autor nos lo muestra sin tremendismos ni morbo, pero sin paños calientes, con un discurso fuerte como un café cargado. Los avatares profesionales de la protagonista reflejan los de toda una generación que ha crecido en la precariedad. Noelia toma cuerpo como personaje cercano, interesante en sí mismo, debatiéndose entre una vocación literaria nunca culminada, la certeza de que su proyecto vital va a contratiempo del de sus amigos (delicioso amaretto esa Victoria, la amiga incondicional que ofrece siempre las risas y lágrimas justas), la incertidumbre sobre la propia esencia y el reflejo de los actos propios sobre el entorno.

   Es en la descripción de las contradicciones y las limitaciones de una vida en la que cada elección supone una renuncia cuando la novela coge vuelo. De nuevo con una aparente sencillez estilística, los dos hilos temporales de la historia, el de la Noelia presente, y la que aún convivía con la anciana, muestran con desnudez, sin énfasis ni falsas modestias, las pequeñas alegrías y renuncias de todos los días. Es el momento en que la novela se revela como un trozo de pura vida, de vida de verdad, y la conciencia de que podría ser la nuestra nos embriaga como las gotitas de amaretto.

    Ojalá su horizonte de esperanza sea el nuestro también.

miércoles, 24 de marzo de 2021

EL INOCENTE (Mario Lacruz, 1953)

  

José Miguel García de Fórmica-Corsi 

Aunque hoy los practicantes de literatura policiaca son legión en nuestro país, hubo un tiempo en que esta parecía ser una habilidad exclusivamente foránea (la que se publicaba en el desprestigiado formato popular no contaba). Los expertos consideran que El inocente pasa por ser la primera novela seria del género en España. Se publicó en 1953, con buena acogida crítica y comercial. Su autor no ha trascendido en el canon literario porque, en vida, apenas publicó otras dos novelas y un libro de cuentos, si bien fue uno de los grandes editores de nuestro país, en sellos como Plaza y Janés, Argos Vergara o Seix Barral. Sin embargo, me basta la tardía y fascinada lectura de El inocente para acreditarlo como uno de los autores hispanos más interesantes del siglo XX (no hace mucho me pasó lo mismo con otro escritor «desconocido», Santiago R. Santerbás, cuya genial obra maestra La inmortalidad del cangrejo reseñé en esta misma página). ¿Cuántos otros grandes nombres quedan por redescubrir?

El inocente no es novela policiaca al uso. Cierto es que, como tantos thrillers, se inicia con un hombre que escapa de los policías que lo han detenido: la huida de ese hombre, Virgilio Delise, hijastro del hombre cuyo cadáver ha aparecido en circunstancias extrañas y a quien aquel guardaba una notoria desafección, pautará toda la progresión de la historia. Ahora bien, la trama no se ajusta en modo alguno al relato lineal tan habitual en el género, sino que se desarrolla mediante una sugestiva estructura delicuescente en que tan pronto se avanza en el tiempo como se retrocede, se recuerda un hecho anterior o se anticipa otro aún no conocido. Un tiempo en el que los recuerdos y los sueños de los personajes adquieren más solidez que el propio presente, de Delise y de cuantos se cruzan en su peripecia, hasta otorgar a cada uno de ellos la voz personal que precisaba para no parecer meros elementos del decorado.

Siempre acabamos volviendo a Delise, pero Lacruz sabe cómo hacer que cuantos comparecen en el libro reciban, en un grado u otro, la necesaria profundidad psicológica. Memorable es ese policía, Doria, que se sabe injustamente postergado en la ciudad de provincias donde aparece el cadáver y que se aferra al caso como su gran oportunidad para volver a la capital, aun forzando las pruebas cuando estas se empeñan en desmentir su intuición. Pero también admira la entidad de los otros personajes. Por ejemplo, el cuñado de Delise, ese abogado gris que, pese a la posición de privilegio que sabe que posee (el mismo comisario lo demuestra, al advertirle de cada paso que se da contra aquel), no deja de tener un riguroso código de conducta que lo aleja del clásico, y tópico, representante envilecido de las clases dirigentes. O el joven policía, promesa del deporte cuya carrera fue abortada por una lesión, cuyo descuido ha permitido la huida de Delise, y que teme que esta falta arrastre al fracaso esta segunda oportunidad que creía haber encontrado: su anhelo de redimirse lo trabará con el perseguido en una dolorosa espiral de fatalismo. Y es que el único amparo que existe en el libro es la indudable comprensión, la admirable ecuanimidad con que su creador trata a todas sus criaturas.

Al final, he dicho, la trama siempre vuelve a Delise, uno de los más desdichados personajes que ha conocido una literatura tan abundante en ellos como la española. Y es que, pese al título y a que no tardemos en saber que ni siquiera ha habido crimen, su comportamiento, su forma desesperada no ya de huir sino de querer borrarse de la vida, dictaminan un caso genuino de culpabilidad existencial (en una escena, incluso, entra en una iglesia para confesarse, y cuando el sacerdote le pregunta si quiere confiarle alguna otra culpa, señala «No lo sé con seguridad. Tal vez haya cometido otra»). En realidad, la falta de Delise es la de sentirse arrojado al oceáno tempestuoso de la vida sin tener a mano ni siquiera un frágil tronco al que agarrarse y protegerse del embate de las olas.

Delise sabe que no es inocente, que se halla al borde un abismo oscuro en el que bulle la amargura de una existencia que, si bien acomodada (por el dinero familiar), ha estado presidida por la más insatisfactoria molicie. El fracaso a la hora de concretar el incipiente talento artístico que prometía en sus años de formación: es buen hallazgo que se lo presente todo el tiempo bajo la indefinida etiqueta de musicólogo. El trauma de la orfandad a temprana edad. La presencia de un padrastro (el muerto, acabaremos por saber) al que, sin motivo especial por parte de este, nunca pudo querer. El recuerdo obsesivo de la hermanastra, con la que no tenía ningún lazo sanguíneo (era la hija que aquel aportó a su segundo matrimonio), pero que parece fascinarlo y a la vez atormentarlo con la sombra del deseo incestuoso, y que además murió, sin que se nos diga cómo ni por qué, en plena juventud… Todos estos lacerantes recuerdos, reproches, presiden su huida hacia ningún lugar.

Los nombres que he ido indicando, y otros más (Fioreya, Montevidei, Selbi…), remarcan el singular hecho de que Mario Lacruz situó su novela en un inconcreto país, intuidamente mediterráneo. Es posible que el motivo fuera por mera precaución frente a la censura (el padrastro posee un incierto pasado como revolucionario en el país «al otro lado de las montañas»), mas en mi ánimo lo que hace es terminar de sellar ese aire de extrañeza, de desvalidez psicológica, que anuda inflexiblemente a todos los personajes, a la trama y a ese universo, a la vez asfixiante y melancólico, que este hombre consiguió trazar con su primera novela.

 

sábado, 1 de febrero de 2020

CUANDO SEAS MAYOR (Miguel Gane, 2019)


Mayte Padilla

    Cuando seas mayor es la primera novela del joven poeta Miguel Gane, nombre españolizado que éste adoptó, como cuenta en el libro (“autobiográfico en un 70-80%”), tras emigrar desde Rumanía y advertir que su nombre real, Gheorghe Mihaita Gane, era mal pronunciado y provocaba burla e incomprensión.

    Se trata de una novela de planteamiento y estructura extremadamente sencillos, que toma como protagonista a un niño de nueve años y nos muestra la vida de su insignificante vecindario en un pueblecito de montaña transilvano, y las peripecias de la familia cuando deciden emigrar a España.

    ¿Qué interés puede tener una novela como esta? Desde luego, no la originalidad de su planteamiento, ni formal ni temático, con un desarrollo cronológico sin artificios. Gane comienza su historia en la mañana de Navidad, en un inicio que no he podido dejar de asociar a Mujercitas, ya que su familia, que hace equilibrios entre la clase baja y la pobreza declarada, tampoco le puede ofrecer el regalo que el inocente niño ha pedido a Papá Noel. El padre, empleado en una fábrica y siempre a disposición de domnul director hasta el punto de descuidar a su familia; la madre, que se emplea de forma irregular como cocinera en casas ajenas, mientras a duras penas mantiene saciado a su hijo, conforman una pareja unida hasta que la adversidad, en forma de enfermedad de ella, les lleva a endeudarse sin remedio.

    Toda la primera mitad de la novela, estructurada en breves capítulos, se dedica a trazar con precisión las relaciones sociales en el pueblo: la escuela, donde el inteligente niño está no obstante condenado a la marginación en una clase “fácil”, para pobres; la iglesia, donde la madre se refugia en busca de esa suerte que parece haberlos abandonado, al coste de dejarse manejar por la beata del pueblo; las referencias a las prácticas corruptas de médicos, profesores y en general empleados con alguna responsabilidad, sutiles pero a la vez asumidas como un mecanismo de funcionamiento tan natural como la vida misma; el bar, que el padre empieza a frecuentar cuando su voluntad de superación flaquea; y sobre todo el jardín, y la valla que delimitan la casa del niño y Eduard, su mejor amigo, que tiene una posición económica desahogada y que sin embargo ellos atraviesan con naturalidad, resistiéndose a que su amistad se vea condicionada por el dinero.

    Interesante es el fuerte contrapunto que se plantea en la novela entre la vida un tanto asilvestrada del niño en el pueblecito de los Cárpatos, por donde corretea a pesar del frío, y lo que luego va a ser su confinamiento en un piso de una ciudad dormitorio como Leganés, cuando no se atreva a salir a las calles, supuestamente civilizadas pero muy peligrosas para un “sin papeles”.

    En la segunda mitad de la novela el niño se ve obligado a salir de su, a pesar de todo, idealizado entorno natal, para vivir la aventura de la emigración. Escenas que de alguna manera nos suenan conocidas se suceden con un ritmo fluido, cuajadas de personajes tanto entrañables como odiosos, pero siempre con el márchamo de lo realmente vivido: los compañeros de viaje en el autobús que atraviesa Europa; el impacto de visitar los bien surtidos supermercados españoles o los cristalinos aseos públicos franceses; los viejos conocidos que dan alojamiento a la familia a su llegada a Madrid; los voluntarios de la ONG; los primeros maestros que introducen al niño en el nuevo idioma; los nuevos compañeros de clase para los que es “el rumano”; el miedo de vivir “sin papeles”;,…

    A los que nos gusta flagelarnos un poco analizando las carencias de los servicios públicos españoles esta novela nos ofrece una visión enternecedoramente positiva. El niño, impulsado por su madre desde pequeño a estudiar para “ser alguien”, va a encontrar en las escuelas españolas una dura prueba de adaptación, pero una cuya superación sí depende de él, y no de una estructura social rígida como la de pueblo natal. Acostumbrado a los castigos corporales, la corrupción y el clasismo de la escuela de su pueblo, los conatos de bullying y la xenofobia que sufre en las aulas de ese colegio de barrio que podría ser cualquiera, en el que los niños pueden hablar y moverse en las aulas (sic) hieren, pero no matan.

    Así mismo la madre, más flexible que el padre, encuentra en la sociedad española espacios de libertad que le permiten vivir una vida diferente, más autónoma, a diferencia de la subordinación (económica, social) en la que había vivido antes. Una cierta ingenuidad sobre el “sueño europeo” recorre toda la novela, y nos obliga a recordar lo importante que es mantener vivo ese sueño de una Europa solidaria y próspera.

    En suma, como decía al principio, no hay nada demasiado sorprendente, nada original: es una historia sobre la emigración mil veces leída o vista en cine. Y sin embargo la historia me atrapó por completo, ya que tiene la fuerza de lo real, elaborado con un lenguaje directo y una honestidad muy refrescante: se trata de una historia personal, con la que el autor no intenta establecer generalizaciones ni defender ninguna tesis, ni siquiera hacer una crítica concreta, y desde luego no tiene pretensiones de explicar las causas del fenómeno migratorio ni las consecuencias en los que se van y en los que se quedan, sino contar el impacto que sobre él, como niño, tuvo dejar la Rumanía rural por la gran ciudad española. Una microhistoria que, a mi entender, encuentra en esa sencillez y sinceridad desarmante su punto fuerte: es una historia cualquiera de las que todos los días ocurren a personas a nuestro alrededor.

miércoles, 22 de mayo de 2019

LA INMORTALIDAD DEL CANGREJO (Santiago R. Santerbás, 1985)


José Miguel García de Fórmica
Dedicado a Iñaki Torre, que me guió hacia esta novela
 
Santiago R. Santerbás (nacido en Burgos, en 1937) es uno de esos escritores a los que parece convenirles la definición, para mí fascinante, de polígrafo, debido a la versatilidad de sus quehaceres: traductor y editor (en la añorada colección Tus Libros, de Anaya, fue responsable de varias joyas, la más venerada de las cuales tal vez sea su primorosa versión de la dickensiana Canción de Navidad), crítico de literatura y arte (en las páginas de Triunfo, en los años de esplendor de esta revista), poeta, ensayista, creador de sabrosos pastiches y, finalmente, novelista. En 1985, a la edad de 45 años (en que debe suponerse que un autor sabe bien lo que quiere contar y lo que no), Santerbás publicó su primera novela, La inmortalidad del cangrejo, que he descubierto de modo muy tardío y que he leído con asombro entreverado de incontenible melancolía.
Se trata de un sutil cuento de terror (de terror decadente, mortecino, que no está pensado para atemorizar sino para inquietar) solapado bajo una muy particular crónica de costumbres, puesto que, en rigor, no cuenta nada más que el monótono devenir cotidiano de su familia protagonista a lo largo de un año exacto, en el que apenas abandonan los muros de la antigua casa donde viven. Los Hontanar descienden de un antepasado que participó en la jornada de Ponce de León hacia la Florida, en busca de la Fuente de la Eterna Juventud, que él debió de encontrar a juzgar por la longevidad de la estirpe. Son solo cinco (sin olvidar al gato Sarastro, tan antiguo como ellos): el bisabuelo Guillermo, que a sus 155 años es el único que se pasa el año viajando, regresando con los suyos solo el día de su cumpleaños; el abuelo Félix, cuyos días transcurren componiendo una ópera a la que lleva entregado cerca de un siglo; la tía abuela Margarita, que a sus más de cien años tiene el aspecto de una muchacha, que se pasa el día bebiendo pipermín y esperando a que llegue su anual estancia de verano en la playa, donde entregarse a alguna aventura sexual; el tío Camilo, que consagra sus días a investigar acerca del secreto esotérico de esa perenne juventud de que gozan; y por último, el protagonista y relator en primera persona (de quien, en rasgo clásico, no llegaremos a conocer su nombre), el único que tiene contacto regular con el «mundo exterior» puesto que trabaja como profesor en el instituto local, labor que realiza sin la menor vocación, solo para convencerse a sí mismo de que no participa de la cualidad anómala de sus familiares, del mismo modo que se aferra a las gruesas lentes de miope para considerar que, al carecer de la rozagante salud de sus parientes, no puede ser como ellos, pese a que sus 45 años se vean desmentidos por la lozanía de su rostro.
La casa solariega donde los Hontanar viven (o vegetan) se encuentra en el corazón de una ciudad dormida, tan vegetativa como ellos, que no cuesta trabajo reconocer como la Burgos natal del autor. Una ciudad quintaesencialmente provinciana, con su catedral fría y desangelada, sus procesiones seguidas por un ejército de beatas, su paseo con tilos o el aburrido instituto de secundaria donde trabaja el protagonista. Una ciudad que diríase escapada de las películas de Juan Antonio Bardem, de Calle Mayor o Nunca pasa nada (rodadas en Palencia o Aranda de Duero, también viejas urbes castellanas), ancladas en otra época como los protagonistas asimismo son inmunes al tiempo.
La casa compone un universo claustrofóbico y cerrado en el que los Hontanar viven pero apenas diríase que conviven, pese a que respeten dos ritos: tomar juntos el té de las cinco y leer en compañía las cartas del bisabuelo Guillermo. Ahora bien, asimismo los viajes de este discurren por un mundo igualmente enclaustrado puesto que visita una y otra vez las ciudades de su pasado, sin aceptar ningún cambio, incluso entreverando la realidad con la ficción: en una de sus cartas recuerda una estancia pretérita en Venecia, donde conoció a un sabio educado, Gustav von Aschenbach, que murió repentinamente, y al que todos reconocemos como el personaje central de Muerte en Venecia de Thomas Mann. El mito del Judío Errante y el de Fausto, como es natural, también asoman oportunamente por estas páginas.
¿Qué secreto esconde este relato escrito en voz baja que, con su tranquila tristeza, se empeña en colarse por las rendijas del corazón, amenazando con helarnos el alma? La inmortalidad del cangrejo equilibra con brillante facilidad diversos rasgos que le otorgan una pegajosa densidad. Se trata, es evidente, de una fábula existencial encarnada, precisamente, en la obsesión del narrador por huir de esa monstruosidad que contempla en sus familiares. Asimismo, la novela compone una reflexión sobre la soledad, no en vano, el crustáceo del título, que figura en el escudo de los Hontanar y está esculpido tanto en la fachada de su casa como en el centro del pequeño laberinto que adorna su jardín, simboliza esa coraza que aparta a los personajes de la vida y del mundo. El mismo protagonista vive la (falsa) historia de amor más gris de la literatura, con una compañera de trabajo con la que, sin embargo, jamás cruzará una palabra íntima.
Hablaba líneas arriba de terror sutil: la novela es, también, un cuento de casas encantadas (o de fantasmas, no tengo muy clara la diferencia) cuyos habitantes son muertos en vida que no solo ignoran su condición sino que creen haberla burlado con su perenne juventud y que, en realidad, son sombras cernidas a un lugar que los contiene y los define. Y como todo buen terror que se precie, sus páginas están impregnadas de la insoslayable relación entre belleza y muerte, y un erotismo deletéreo late bajo su superficie. Por mi parte, no tengo duda: el misterio más sugestivo de nuestra literatura se llama La inmortalidad del cangrejo.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

FORTUNATA Y JACINTA (Benito Pérez Galdós, 1887)



José Miguel García de Fórmica

La posible reticencia que podamos sentir hacia ella solo porque en los manuales de literatura es calificada (por aquellos que es dudoso que hayan leído otra cosa que literatura «seria») como la novela más grande del siglo XIX español queda vencida solo con aplicar el único método para salir de dudas: leerla. Fortunata y Jacinta no sé si será la mejor novela de esa centuria, ni siquiera si la más destacada de Galdós, pero desde luego es una obra grandiosa, excepcional, inolvidable.
Sorprendido justo en mitad del camino de su vida, el escritor canario la escribió con el convencimiento pleno de estar ejecutando una novela culminante en su trayectoria: como Auto de fe o Cien años de soledad o Los hermanos Karamázov, es una de estas que se llaman novelas-mundo, por ambición, por extensión, por el propósito de incluir en ella una completísima expresión del universo humano. Un universo encarnado en una ciudad, Madrid, más que nunca un personaje fundamental de la literatura galdosiana, cuya descripción revela al incansable paseante de sus calles y rincones, y cuya voz (plasmada a través de un riquísimo sentido del diálogo) delata al hombre que forjó su oído para el habla popular en esa escuela de literatos que en España fue el café. Un Madrid, además, sorprendido en un momento socio-histórico especialmente convulso (el Sexenio Revolucionario y la llegada de la Restauración), que permite a Galdós efectuar un irónico paralelismo con las trayectorias de sus personajes, también sometidas a trances revolucionarios que alteran sus vidas y a restauraciones sentimentales que devuelven un precario regreso al orden doméstico.
Más de mil páginas, según las ediciones, tiene esta novela y, como parece de rigor en obra tan extensa, en ella parecen abundar las digresiones, los remansos, las demoras del autor en torno a algún personaje, diríase que más porque le ha caído en gracia su propia inventiva que por su aportación a la trama. Sin embargo, a medida que avanza hacia su inexorable final, el lector, sobrecogido, advierte que todos esos tipos acaban aportando algo a la historia, que todos esos rumbos inciertos confluyen armoniosamente hasta obligarnos a admitir que Galdós nunca ha perdido de vista el tema central de su historia: una exposición de insondable tristeza acerca de la desdicha.
La infelicidad es lo que une a los personajes principales de su novela: por supuesto, a las dos protagonistas, a esas dos mujeres en apariencia dispares pero unidas por la misma sensación de fracaso (en el caso de Jacinta, por la maternidad frustrada; en el de Fortunata, por su pasión por un hombre venal y banal). Pero también a ese ser absolutamente inolvidable que es Maximiliano Rubín, uno de los más grandes desdichados de la historia de la literatura, y a muchos otros que, desde una posición en principio más secundaria, unen su pequeño (para ellos, grande) fracaso personal al de Fortunata y Jacinta: la pobre desgraciada Mauricia la Dura o don Manuel Moreno-Isla, ese personaje episódico al que Galdós dota, admirablemente, del protagonismo absoluto en una sección de su novela, para narrar la crónica de su muerte anunciada, y todo ello porque ha cometido el mismo error que los principales (de los que deviene, por tanto, espejo): enamorarse de alguien que no puede amarle.
La abigarrada galería de tipos que Galdós hace desfilar por sus páginas es increíble, porque todos ellos dejan un recuerdo excepcional. No puedo sino destacar a Estupiñá, esa hechura del «hombre de la multitud» poeano, que busca en todo momento la compañía de sus semejantes para proteger su pobre y desvalida insignificancia dentro del gregarismo de la conversación. O a doña Lupe la de los Pavos, la tía de los Rubín, agiotista de infalible ojo para los negocios, cuyo retrato inicial despierta verdadera repulsión pero que acaba hinchiéndose de una inesperada entraña humana, como testigo más cercano de la desgraciada relación de su sobrino con quien desde el principio sabe que es demasiado mujer para él. O a don Benito Feijoó, trasunto del mismo escritor según los críticos, el primer hombre que trata a Fortunata con verdadero cariño y ecuanimidad, sin sentirse superior o intentar aprovecharse de ella (y al que, en esta novela donde no parece posible otra cosa que la tristeza, Galdós reserva una triste y senil decadencia final: la bondad no parece existir en este mundo).
Ante tanta criatura imborrable, que Juanito Santa Cruz, el ángel malo de las dos protagonistas, parezca un personaje dibujado de modo tan mediocre y tan superficial, obliga a pensar que es una evidente elección por parte de Galdós, que persigue con ello dos fines: primero, ratificar lo fácil es que provocar la desgracia (es decir, sin mérito profundo alguno: basta con una buena apariencia y la más alegre insustancialidad) y, segundo, castigar todas sus trastadas, al hacerlo el más olvidable, el más despreciable en sentido artístico y no solo moral de todos sus tipos.
Hubo un tiempo en que fue de buen tono denigrar el estilo de Galdós («don Benito el garbancero» le llamó Valle-Inclán) y la falta de estructura de sus novelas. Una vez más, Fortunata y Jacinta desmiente ambos tópicos. En cuanto a esto último, es de admirar la inteligencia con que el autor mide la disposición de sus peripecias. Así, llama la atención que Fortunata, fuera de su encuentro inicial con su seductor, constituya una presencia opaca, apenas esbozada mediante referencias, durante casi la mitad de la novela. Es Jacinta quien en primer lugar domina el escenario de modo absoluto, para después, a modo de espejo invertido, desaparecer prácticamente de escena durante la segunda parte, convirtiéndose en una presencia lejana, incluso deformada al verse mediatizada, ahora, por el punto de vista de su rival, que sardónicamente la llama la «mona del cielo».
Ahora bien, no quepan dudas: es Fortunata la auténtica protagonista del libro. Si Galdós tarda en entronizarla dentro de su ficción es, precisamente, porque así ilustra mejor su sentido simbólico. Como ese pobre pueblo menospreciado por burguesitos como Santa Cruz, Fortunata es una sombra a la que se convoca según las conveniencias de aquellos (simbólicamente, nunca llegaremos a conocer su apellido), pero de quien acabaremos conociendo hasta el más íntimo de sus pensamientos. A través de ella, Galdós plantea una genial representación de un tipo popular de mujer inculta, simple, incluso poco inteligente, pero envuelta en una nobleza sencilla y nada ostentosa, pese a la baja estima que siente por sí misma (impelida a ello, claro, por el rechazo social a su figura de pecadora), condenada a sufrir, a caer y luego a levantarse: dueña de una inmaculada honradez incluso cuando parece hundida en la degradación.
Esta mujer nacida para dar vida y dar amor, sin embargo, habrá de chocar con la mediocridad, primero, del individuo que nunca podrá estar a la altura de la adoración que inspira, el pollo Santa Cruz, y segundo, de su propia indefensión ante la pasión, que acaba desquiciando su mente y destruyéndola por último. La intensidad de la Fortunata de las últimas cien páginas del libro asusta (cuando, hasta entonces, lo que habíamos conocido de ella eran los posos, tristes y apagados, de ese amor desmesurado que siempre transcurre fuera de escena), hace que el personaje se nos meta en los rincones del alma y ya no podamos desprendernos nunca de ella. Y aun así, Galdós reserva el cierre de su novela, de nuevo a la melancolía, al rescoldo de la más honda desdicha, dejando que quien nos despida de sus páginas (siendo conducido al manicomio, que acepta con resignada mansedumbre) sea el más patético de sus infelices personajes, el más digno de lástima, el más quijotesco: el pobre Maximiliano Rubín.

viernes, 13 de julio de 2018

EL MONARCA DE LAS SOMBRAS (Javier Cercas, 2017)


Mayte Padilla 
 
   Me gusta mucho lo que escribe Javier Cercas y me gusta mucho cómo lo escribe. Con El monarca de las sombras vuelve a cumplirse esta doble afirmación. Su última novela narra la historia de su tío-abuelo, Manuel Mena, que siendo adolescente se afilió a Falange Española y murió a los dicinueve años, combatiendo como alférez provisional del ejército franquista durante la batalla del Ebro.
   Como en varias de sus obras más reconocidas (en Anatomía de un instante fue Adolfo Suárez; en Soldados de Salamina, Rafael Sánchez Mazas), Cercas vuelve a tomar a un personaje real, que se enfrenta a un momento decisivo en su vida o en la historia, e intenta indagar en su pasado para aclarar las motivaciones que explican dicha decisión. De ese modo, el libro se convierte en una historia real con apartados imaginados, o en una ficción con (documentadísima) base real: el autor ha explicado a menudo que no concibe la escritura sin esta mezcla.
   Esta forma narrativa me fascina: la manera en que el escritor deviene en periodista, historiador, psicólogo, cuentista,... confiere al libro una amenidad impensable. Cercas baila entre las fuentes escritas, haciendo parecer fácil lo que no lo es (como sabe cualquiera que haya intentado investigar en un archivo), y las fuentes orales, y hábilmente, se van entremezclando la Historia y las historias de un galería de personajes que reflejan lo que es y ha sido España, a nivel sociológico, en las últimas décadas: esa madre emigrada obsesionada por lo que pasará con la casa de su infancia, esos nietos juguetones que saben ir a lo suyo sin perder de vista a los mayores, ese rústico vecino que ha construido una vida sin hablar nunca de la muerte de su padre, esos pueblos moribundos del interior, esa contradicción catalana,...
   No caigamos en el error de pensar que es otra novela sobre la guerra civil. Al igual que ocurre con Anatomía de un instante o El impostor, el marco histórico y cronólógico, exhaustivamente recreado, es sólo una excusa para que Cercas escriba, fantasee sobre el papel de la memoria y la figura del héroe. No por casualidad saca sus títulos de la literatura griega clásica (y además los explica, cosa que los lectores no-tan-cultos, como yo, le agradecemos profundamente). Su auténtica preocupación es moral: ¿qué hace que una persona sea un héroe?, ¿hasta qué punto acomodamos los recuerdos a nuestra conveniencia?, ¿hasta qué punto un ideal puede dirigir nuestra vida?, ¿existe diferencia entre el bien y el mal?, ¿se puede hacer el bien desde el lado equivocado?
   La indagación más compleja sobre el asunto, a mi entender, la realizó en su novela sobre Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, un personaje que, por motivos personales, me resulta perturbador. ¿Se puede ser un mentiroso por el bien común? En esta novela la disyuntiva es menos compleja, pero más polémica por tratarse de los temas de los que se trata, y ha llevado incluso a que se acuse a Cercas de revisionista: ¿había franquistas “buenos”?, ¿hubo perdedores en el bando franquista?, y sobre todo, en último término, ¿qué es más importante, estar en el bando correcto o actuar éticamente de acuerdo a tus valores personales? El criterio que usa Cercas para responder a esta pregunta me parece correcto: Mena, a diferencia de Marco, no consiguió beneficio personal por estar en el bando ganador de la guerra, ergo, su comportamiento sí puede ser ético.
   Efectivamente, Manuel Mena pertenece al bando que inició la guerra, se dejó manipular por el falangismo, y manipuló a otros (interesantísimo el manuscrito de su intervención ante camisas viejas), se alzó contra el gobierno republicano y murió matando a otros jóvenes como él, contribuyendo así a la instauración de la dictadura. Sin embargo, como Cercas averigua (o quiere hacernos ver que ha averiguado, porque en ese punto el testimonio es frágil, tanto como la memoria de un nonagenario), Manuel no se beneficia de nada de esto, y de hecho no va a la guerra (o al menos no a la batalla del Ebro, cuando ya es un soldado experimentado y sabe a lo que va) por unos ideales (erróneos), o por querer ser un héroe, un Aquiles victorioso. Va a la guerra por obligación, para evitar que vaya su hermano, y no presume de heroísmo alguno, sino sólo del amor familiar que, parece decir al final Cercas, vale más que cualquier medalla.

miércoles, 21 de marzo de 2018

CORAZÓN TAN BLANCO (Javier Marías, 1992)

 
Benito Arias
 
   Es una de las novelas más valoradas, reseñadas, estudiadas y hasta leídas de los últimos años en España. Preguntarnos por su valía en la actualidad, cuando se han cumplido 25 años de su primera edición, es pura retórica, y se puede contestar de corrido: su importancia es incuestionable, sin duda se trata de una de las mejores novelas del siglo XX español, y para muchos la mejor de Javier Marías (aunque personalmente prefiero las del Ciclo de Oxford).
   El motivo central es, inaugurando una costumbre de largo recorrido, unos pasajes de Shakespeare, en concreto de su Macbeth, y todo el argumento gira en torno al mal, la mentira y la sospecha en el seno del matrimonio y de las relaciones amorosas en general. Una pareja de recién casados, Juan y Luisa, se hallan de paso en un hotel de La Habana cuando son inmiscuidos en una disputa de amantes fruto de una confusión de identidades; de Cuba precisamente era la madre y la abuela de Juan, así como su tía, primera esposa de Ranz (curioso nombre para el padre de Juan), quien inexplicablemente cometió suicidio al poco de haberse casado con éste. Juan sabe que hay un velo de secretos en torno a esa muerte, nunca aclarada por su padre, a pesar de servir de preámbulo a su posterior boda con la madre de Juan, hemana de la suicida. Los secretos se convierten en una obsesión para él: ¿Vale la pena saber? ¿Es preferible conocer todo lo que puede saberse o es la ignorancia una bendición en muchos casos? Es un problema digno de una clase de Ética.
   Juan y Luisa son traductores simultáneos, la escena en que se conocen es de las más famosas de la obra de Marías, realmente divertida, y las reflexiones en torno al oficio de la traducción, que tan bien conoce el autor, merecieron el elogio de Reich-Ranicki, su patrocinador en Alemania. Por motivos laborales, Juan debe pasar periodos de cuatro meses separado de Luisa, quien se queda en Madrid montando un hogar que en cada visita le va pareciendo a Juan más artificial y ajeno, como si el matrimonio implicara la pérdida de la vida personal. Cuando se vive en pareja se pasa a vivir con otra persona, a compartir la almohada, y con ella la vida. Se depende del otro en gran parte, de sus palabras y de sus silencios. Los secretos acaban siendo revelados o callados con culpa, y tanto una opción como otra conllevan consecuencias dispares. Aun asistiendo a una exquisita claridad en las palabras y los actos, uno puede relacionar sucesos, intuiciones y referencias hasta construir un relato suspicaz. Juan empieza a incubar sin motivos sospechas sobre la fidelidad de Luisa, tal vez porque su padre sí le da indicios de guardar un secreto. En Nueva York ayuda a su amiga Berta a entablar una relación con un individuo oscuro, que defiende su anonimato y un secretismo también sospechosos. Finalmente, en Ginebra acabará sabiendo parte de la historia que no quiso saber pero que terminará sabiendo, el terrible secreto de Ranz, revelado posteriormente en Madrid.
   En la novela se cruzan los motivos vividos y pensados en un mismo plano, dando lugar al asociaciacionismo o relacionismo tan propio de la escritura de Marías (fruto de esa técnica tan peculiar por la que lo escrito y corregido es inamovible), un asociacionismo a veces paranoide por culpa de la continua explicitación de las posibilidades, las cuales fundamentarán real o imaginariamente la sospecha. Por fin, lo oculto se dice y se conoce, tal vez gratuitamente, ya que es mucho peor de lo que se podía imaginar; pero qué sería de esta magnífica novela si no asistiéramos a la extraña revelación autoinculpatoria de Ranz.
   El estilo hipnótico de Marías llega en esta obra no a su cumbre (es aún más exagerada la morosidad en Tu rostro mañana), pero sí se consolida como un rasgo fundamental de su etapa madura, ya que el benetismo anterior de El siglo es mucho más oscuro y puntual. Benet sobrevuela este gran estilo, está claro; pero no lo agobia: la sintaxis es aquí precisa y clara, aunque siempre habrá a quien no le guste, así como la adjetivación y el uso de un castellano depurado de localismos y con pretensiones de universalidad. La reflexión sobre las cosas es al mismo tiempo una discusión sobre la relación entre el conocimiento y el lenguaje, el habla y la escritura. La filosofía de fondo es escéptica y desengañada: sería mejor no saber, aunque a veces es imposible mantenerse en la ignorancia. Acabamos comprendiendo que si constatar los hechos sólo acarrea daños, podría ser mejor no ser conscientes de ellos, y la ignorancia es una protección necesaria para la vida. Por desgracia, todo el mundo habla, también nosotros, y el secreto acaba volando de unos a otros, así como la instigación más o menos impulsiva, y al final se establecen complicidades y conjuras, favores y deudas, por culpa de las revelaciones. La confesión que airea lo que debía permanecer oculto abre la caja de lo "siniestro", de tan interesante recorrido en la trilogía de Marías, siendo por lo demás su conexión más clara con el campo de la literatura fantástica, de la que es un interesantísimo defensor y excelente aunque sólo ocasional autor.
   He leído la novela por tercera vez en la edición del 25 aniversario, buscando una experiencia diferente, sobre todo por la claridad en el formato y el tipo de letra. Acompaña al volumen principal otro con reseñas, entrevistas, una extraordinaria carta de Benet y fotos, además de algunos textos del autor relacionados con la obra. Dudo que haya una prosa con más altura en la novela española de las últimas décadas.

domingo, 14 de enero de 2018

BERTA ISLA (Javier Marías, 2017)

 
José Miguel García de Fórmica-Corsi

Javier Marías es uno de esos escritores que considera que la primera frase de una novela nunca puede parecer casual; bien al contrario, que debe definir un tono o actuar de motor argumental: en cualquier caso, no dejar indiferente al lector y estimular su interés desde el mismo comienzo. Berta Isla es buen ejemplo: «Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido…». Ese hombre a quien se refiere es Tomás Nevinson, nacido y criado en España pero de padre inglés y con un completo dominio no solo de sus dos lenguas maternas sino de toda clase de idiomas y acentos, lo cual acabará revelándose una maldición. Reclutado en su juventud por los servicios secretos ingleses a causa de un turbio episodio sucedido durante sus estudios universitarios en Oxford, Tomás se casa con su novia de instituto, la Berta Isla del título, con la que tiene dos hijos, llevando siempre una doble vida de la cual su esposa apenas sabrá nunca nada, por cuanto él no puede revelar el menor secreto (es más, si ella descubre su condición de espía es por una desagradable experiencia personal en su propio hogar madrileño, en la que fue amenazado su hijo pequeño). Un buen día, Tomás marcha a realizar una de sus misiones, y se desvanece de la faz de la tierra, sin dejar la menor noticia, hasta el punto de que Berta es declarada oficialmente viuda. Ahora bien, el arranque del libro no ha dejado lugar a dudas: en algún momento, el desaparecido reaparecerá.
La última novela de Javier Marías entrecruza referencias que serán muy familiares a quienes frecuentan su obra, y asimismo remiten a creaciones suyas anteriores. La trama reelabora un argumento por el que siente devoción: la súbita ausencia de un hombre que parece desvanecerse en el aire. En su editorial Reino de Redonda, ha publicado dos de las mejores variantes de esa historia, que como es natural menciona en diversas ocasiones a lo largo de su propia novela, y que no es la primera vez que le ayudan a componer materia novelesca: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac, y la menos conocida pero aún mejor El marido de Martin Guerre, de la estadounidense Janet Lewis. Si ya la primera (como publicitó ampliamente en su momento la editorial) tenía gran importancia en su previa novela Los enamoramientos, la última es ahora la principal fuente de inspiración de Berta Isla, por la importancia de la perspectiva del personaje que se queda, la esposa, es decir, aquella cuyo mundo, sin haberse movido del mismo escenario, se ve transformado por la ausencia, lo que tal vez sea la peor de la metamorfosis: cuando las circunstancias exteriores siguen siendo las mismas, pero aun así todo parece distinto.
Finalmente, Berta Isla tiene mucho que ver con el Ciclo de Oxford, y en especial con el tercero de los títulos que componen esta trilogía, Tu rostro mañana, de la cual se retoman ambientes (la ciudad universitaria donde Nevinson es captado) y personajes (sobre todo, su jefe, el inquietante manipulador Bertram Tupra, al que tantas páginas desbordantes de incómoda revulsión debe ese libro).
Al contrario que las otras dos nouvelles, Marías narra la historia desde ambas perspectivas, la masculina y la femenina. Esto supone un gran acierto, amén de una interesantísima forma de contraponer su planteamiento a los de Balzac y Lewis. Así, la doble estructura permite saludables cambios de tono y argumento cuando la historia parece incurrir en la falta de progresión, pero sobre todo permite mostrar las dos miradas diferentes sobre el mismo hecho. El escritor consigue equilibrar el interés de ambas narraciones, variando además con inteligencia la persona del relato cuando es Berta quien ocupa el primer plano, mediante la narración subjetiva, un buen recurso para mejor identificar al lector con la perspectiva más identificable, con el hiriente dolor que nos causa lo inexplicable. Berta Isla sufre por haber perdido sin saber; Nevinson, obligado a desaparecer, a dejar de vivir la vida que llevaba, sufre por todo lo contrario: sabe por qué ha perdido lo que tuvo pero no puede cambiarlo. En este sentido, la novela supone una estimulante vuelta de tuerca a la odisea que sufre el protagonista de otro relato que también aborda, de modo genialmente alucinatorio, el mismo planteamiento: Wakefield, de Nathaniel Hawthorne.
Berta Isla abusa menos de la devoción de Marías por la circunvolución (quien haya leído Tu rostro mañana sabe a qué me refiero), y por ello tal vez pueda decirse de ella eso tan resbaladizo de que es una novela más «accesible». Posee vaivenes de interés, es cierto, pero los compensa sobradamente con una soberbia parte final: Marías es un escritor que sabe cómo encaminar una historia hacia su conclusión. Y del mismo modo que su novela publicada en tres entregas, supone una triste reflexión sobre el envilecimiento y la degradación, que nos deja un profundo regusto de amargura. En suma, Berta Isla nos sitúa frente al perpetuo temor a que, un día cualquiera, cuando más satisfechos nos sentimos de nuestra existencia en apariencia inmutable, la pérdida pueda destruir ese espejismo que llamamos felicidad.