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La inmortalidad


Por B. Arias
Uno de mis autores más queridos es Milan Kundera; y si bien no es mi favorito, al menos compartimos esa inclinación por Robert Musil. En sus ensayos Kundera se refiere siempre a Rabelais, Cervantes y Diderot como sus referencias clásicas, y a Kafka, Broch, Musil y Gombrowicz como sus hermanos del siglo XX. Pero en La inmortalidad confiesa su debilidad por Musil (pág. 67), y sólo por eso él mismo y esta novela en particular, me tocan muy de cerca como lector. Lo que encuentro de genial en el checo ya crei verlo (y no deja de maravillarme) en el austriaco, antes además de que se desencadenara mi avidez lectora por el alumno aventajado, en quien al principio sólo logré ver un simple emulador del original. En realidad, Kundera se sitúa en la estela de la novela filosófica que encarna su referente como ningún otro autor, pero al mismo tiempo no se le puede negar una gran personalidad y muchas aportaciones únicas. Curiosamente, a día de hoy leo con cierta regularidad a Kundera, mientras que Musil empieza a caer en un reverente semiolvido. No hay duda, los autores que nos hablan son los que releemos, de nada sirve haber cruzado de un tirón por todo Kakfa si no lo releemos nunca. No se puede decir que sea un autor favorito. Lo fue, ya no lo es, tal vez lo vuelva a ser.
   En estos momentos, el libro que más veces he leído de Kundera es La inmortalidad. Creo que es su obra maestra, por encima de La insorportable levedad del ser y de El libro de la risa y el olvido, que también me gustan mucho; pero La inmortalidad gana por 5 a 3 en el cómputo global de lecturas. Es una diferencia notable. Lo único inferior con respecto a los otros títulos de su primera trilogía es el título. Consciente de ello, el autor juega con la idea de que el título real de La inmortalidad es La insoportable levedad del ser (pág. 286). Qué pena que estuviera cogido, parece decir. Sólo se puede estar de acuerdo: ese es el título que le conviene a ésta y a todas las novelas filosóficas que se han escrito o están por escribirse. Por lo demás, "la inmortalidad" es el tema de las diversas variaciones que va a desarrollar como un Beethoven de la escritura en su novela complejísima y perfecta. La inmortalidad y el amor. La fama, la posteridad, la muerte..., por un lado. El amor, el sexo y la pareja..., por otro. Personajes históricos y ficticios se mezclan con personas reales y contemporáneas, entre ellas el propio autor, para ir desarrollando una historia del tipo "tela de araña", llena de episodios o anécdotas, de divagaciones y comentarios, de símbolos y ensayos. Cómo logra el autor enhebrar tanto material sin dejar ni un solo momento de ser interesante y divertido es un misterio que no podría desentrañar ni siquiera superficialmente. Porque algo que comprueba todo amante de sus libros favoritos, y yo acabo de hacerlo estos días, es que si releemos es porque no entendíamos del todo un libro que sin embargo nos embelesa. Cierro la tapa negra de La inmortalidad y dejo a Agnes con su nomeolvides, a Avenarius preguntando la hora, a Laura al borde de otra crisis amorosa, a Paul rodeado de mujeres incompatibles, a Rubens añorando la vida que nos da el amor, al propio autor bebiendo vino tinto mientras planea cómo poner a conversar a Goethe con Hemingway sin que rechine... Y sé que volveré a ellos dentro de poco, a pesar de que es una novela muy melancólica, si bien Kundera es en general un autor nietzscheano y jovial. Aquí se asoma a lo que nos aferra a la vida mientras serpenteamos por estos años que nos brinda la suerte, y lo que dejamos al irnos. Personalmente, en estos asuntos tan serios y definitivos, diré que he tomado nota de la actitud de un personaje secundario muy cercano a Agnes, la sosias del autor, quien a su vez vivió una especie de idilio con su padre, y a él remito si alguien siente curiosidad: me parece muy sabia la actitud de éste hacia la posteridad (por cierto, es la del propio Kundera: sus ensayos de Los testamentos traicionados empiezan a gestarse en esta época).
   En cuanto al marco de la composición, la estructura de esta novela, creo que es el mayor logro artístico de Milan Kundera. Hay personajes absolutamente memorables, reflexiones que piden el cuaderno de notas y el fluorescente, historias conmovedoras como las de la propia Agnes y Rubens; pero la novela sorprende ante todo por su estructura. Desde luego, no es una novela aristotélica con planteamiento-nudo-desenlace, el propio autor se desliga de esa técnica cuando adelanta que en la sexta parte se va a centrar en un personaje nuevo que no parece tener relación con el resto. Por otro lado hay muchas páginas elucubrando sobre Goethe o sobre el amor en Occidente como puntos de apoyo para la arquitectura del relato. A pesar de las divagaciones y los episodios, de las distintas maneras de subdividir las partes, la impresión es como dije antes de tela de araña, o tal vez de "malla" temporal al modo de Edmund Husserl. El tiempo aquí no tiene forma de flecha, sino de red con múltiples interacciones. Con claridad meridiana, Kundera describe con medios estrictamente literarios uno de los temas más complejos de la filosofía fenomenológica, y en mi opinión triunfa como antes triunfaron Proust, Woolf o Musil.
   ¿Y al final, entonces, qué es esa "inmortalidad" del título? ¿Qué queda de lo temporal cuando el tiempo se acaba? Pues muchas cosas. Puede quedar una memoria particular o colectiva, de distinto signo; pero también puede quedar, y en esto Kundera es magnífico, un buen fajo de fake news y de calumnias. Hay que estar atentos a la sospecha del checo, anterior a la era de Internet: como nos descuidemos sólo se recordará la imagen torcida, el chiste fácil, la anécdota elevada a absoluto. (Imposible no acordarse a este respecto de otra novela extraordinaria de un autor muy cercano y amigo: La mancha humana de Philip Roth). El propio Kundera ha intentado por todos los medios alejarse de esta inmortalidad anecdótica que hoy lo acosa. Dejó de dar entrevistas para que no se pervirtieran sus palabras, obligó a La Pléiade a una edición sin aparato crítico de sus novelas, el mismo corrigió la traducción de sus libros al francés para evitar malinterpretaciones... Aun así, seguimos escuchando el dictamen de algún novelista menor que lo ha tildado de machista o "androcéntrico", y una oscura acusación sobre unos hechos de hace setenta años mancha sin pruebas su honorabilidad. Sin remordimientos se lo tilda de estalinista, lo que más odia (porque estuvo afiliado en sus primeros años de juventud al Partido Comunista), y hasta haber dejado de escribir parece que es motivo suficiente para negarle el merecido Nobel que nunca va tener como no lo tuvo Philip Roth, y por los mismos motivos (su incorrección política). En fin, tan incomprensible es que Kundera llegara a ser un best-seller en los ochenta como que ahora se lo tenga bajo sospecha por motivos espurios. Lo mejor es leerlo directamente, sus libros no han sido escritos para el olvido.

Comentarios

  1. Desde luego, un absoluto acto de admiración por tu parte hacia la figura de este escritor, escrito con tanta pasión y tantos argumentos que estoy seguro de que "obligará" a cuantos lo lean a desempolvar su añejo ejemplar de Tusquets, o a procurarse uno nuevo en caso de no conocerlo todavía. Yo soy de los que tenían una cuenta pendiente con Kundera, y su lectura me ha desconcertado profundamente (lo cual es bueno), porque he encontrado a un escritor profundísimo, que llena el libro de reflexiones y ocurrencias memorables, pero no termino de ver claro hacia dónde quiere tirar con esa muy particular estructura narrativa (o los excursos sobre Goethe y Bettina von Arnim...). Desde luego, un libro que fascina, que extraña, que también irrita: un libro vivo, por tanto. Por cierto que estoy completamente de acuerdo con que los autores que nos hablan son aquellos que releemos: aquellos con los que sabemos que nuestra relación no ha terminado, incluso aunque hace tiempo de la última vez que abrimos uno de sus libros: Henry James, Stevenson, Verne, Dickens, Stanislaw Lem, en mi caso también Kafka... Y luego están aquellos a los que agradecemos que alguna vez nos dijeran muchas cosas (aunque ya prefiramos no volver a hablar con ellos) y también aquellos que uno intuye que todavía no ha llegado nuestro tiempo para atenderlos, pero que sabemos que están en la lista de espera... Quién sabe si Kundera, por tanto.

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  2. Un misterio esto de la admiración por los libros y los autores, tan cambiante y tan permanente como la vida misma. Algunos siguen en nuestras listas y en nuestra memoria desde que empezaron a ocuparnos la vista; pero también hay muchos cambios: lo que antes admirábamos ahora nos aburre, lo que antes despreciábamos ahora nos encanta... Aquí seguiremos confesándonos a este respecto, para el que quiera escucharnos ;)
    En cuanto a Kundera... Cuando lo leí por primera vez no le vi nada especial, me parecía soso y casquivano, un poco pedante también... Era el tiempo en que bebía los vientos por Thomas Berhnard. Ahora no aguanto el pesimismo y me divierte la ligereza, creo que he ganado con el cambio, la verdad. En cuanto a tus preferencias, James, Stevenson, Dickens, Lem... Son "pura alegría", como dijo Muñoz Molina.

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