Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Javier Marías. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de marzo de 2018

CORAZÓN TAN BLANCO (Javier Marías, 1992)

 
Benito Arias
 
   Es una de las novelas más valoradas, reseñadas, estudiadas y hasta leídas de los últimos años en España. Preguntarnos por su valía en la actualidad, cuando se han cumplido 25 años de su primera edición, es pura retórica, y se puede contestar de corrido: su importancia es incuestionable, sin duda se trata de una de las mejores novelas del siglo XX español, y para muchos la mejor de Javier Marías (aunque personalmente prefiero las del Ciclo de Oxford).
   El motivo central es, inaugurando una costumbre de largo recorrido, unos pasajes de Shakespeare, en concreto de su Macbeth, y todo el argumento gira en torno al mal, la mentira y la sospecha en el seno del matrimonio y de las relaciones amorosas en general. Una pareja de recién casados, Juan y Luisa, se hallan de paso en un hotel de La Habana cuando son inmiscuidos en una disputa de amantes fruto de una confusión de identidades; de Cuba precisamente era la madre y la abuela de Juan, así como su tía, primera esposa de Ranz (curioso nombre para el padre de Juan), quien inexplicablemente cometió suicidio al poco de haberse casado con éste. Juan sabe que hay un velo de secretos en torno a esa muerte, nunca aclarada por su padre, a pesar de servir de preámbulo a su posterior boda con la madre de Juan, hemana de la suicida. Los secretos se convierten en una obsesión para él: ¿Vale la pena saber? ¿Es preferible conocer todo lo que puede saberse o es la ignorancia una bendición en muchos casos? Es un problema digno de una clase de Ética.
   Juan y Luisa son traductores simultáneos, la escena en que se conocen es de las más famosas de la obra de Marías, realmente divertida, y las reflexiones en torno al oficio de la traducción, que tan bien conoce el autor, merecieron el elogio de Reich-Ranicki, su patrocinador en Alemania. Por motivos laborales, Juan debe pasar periodos de cuatro meses separado de Luisa, quien se queda en Madrid montando un hogar que en cada visita le va pareciendo a Juan más artificial y ajeno, como si el matrimonio implicara la pérdida de la vida personal. Cuando se vive en pareja se pasa a vivir con otra persona, a compartir la almohada, y con ella la vida. Se depende del otro en gran parte, de sus palabras y de sus silencios. Los secretos acaban siendo revelados o callados con culpa, y tanto una opción como otra conllevan consecuencias dispares. Aun asistiendo a una exquisita claridad en las palabras y los actos, uno puede relacionar sucesos, intuiciones y referencias hasta construir un relato suspicaz. Juan empieza a incubar sin motivos sospechas sobre la fidelidad de Luisa, tal vez porque su padre sí le da indicios de guardar un secreto. En Nueva York ayuda a su amiga Berta a entablar una relación con un individuo oscuro, que defiende su anonimato y un secretismo también sospechosos. Finalmente, en Ginebra acabará sabiendo parte de la historia que no quiso saber pero que terminará sabiendo, el terrible secreto de Ranz, revelado posteriormente en Madrid.
   En la novela se cruzan los motivos vividos y pensados en un mismo plano, dando lugar al asociaciacionismo o relacionismo tan propio de la escritura de Marías (fruto de esa técnica tan peculiar por la que lo escrito y corregido es inamovible), un asociacionismo a veces paranoide por culpa de la continua explicitación de las posibilidades, las cuales fundamentarán real o imaginariamente la sospecha. Por fin, lo oculto se dice y se conoce, tal vez gratuitamente, ya que es mucho peor de lo que se podía imaginar; pero qué sería de esta magnífica novela si no asistiéramos a la extraña revelación autoinculpatoria de Ranz.
   El estilo hipnótico de Marías llega en esta obra no a su cumbre (es aún más exagerada la morosidad en Tu rostro mañana), pero sí se consolida como un rasgo fundamental de su etapa madura, ya que el benetismo anterior de El siglo es mucho más oscuro y puntual. Benet sobrevuela este gran estilo, está claro; pero no lo agobia: la sintaxis es aquí precisa y clara, aunque siempre habrá a quien no le guste, así como la adjetivación y el uso de un castellano depurado de localismos y con pretensiones de universalidad. La reflexión sobre las cosas es al mismo tiempo una discusión sobre la relación entre el conocimiento y el lenguaje, el habla y la escritura. La filosofía de fondo es escéptica y desengañada: sería mejor no saber, aunque a veces es imposible mantenerse en la ignorancia. Acabamos comprendiendo que si constatar los hechos sólo acarrea daños, podría ser mejor no ser conscientes de ellos, y la ignorancia es una protección necesaria para la vida. Por desgracia, todo el mundo habla, también nosotros, y el secreto acaba volando de unos a otros, así como la instigación más o menos impulsiva, y al final se establecen complicidades y conjuras, favores y deudas, por culpa de las revelaciones. La confesión que airea lo que debía permanecer oculto abre la caja de lo "siniestro", de tan interesante recorrido en la trilogía de Marías, siendo por lo demás su conexión más clara con el campo de la literatura fantástica, de la que es un interesantísimo defensor y excelente aunque sólo ocasional autor.
   He leído la novela por tercera vez en la edición del 25 aniversario, buscando una experiencia diferente, sobre todo por la claridad en el formato y el tipo de letra. Acompaña al volumen principal otro con reseñas, entrevistas, una extraordinaria carta de Benet y fotos, además de algunos textos del autor relacionados con la obra. Dudo que haya una prosa con más altura en la novela española de las últimas décadas.

domingo, 14 de enero de 2018

BERTA ISLA (Javier Marías, 2017)

 
José Miguel García de Fórmica-Corsi

Javier Marías es uno de esos escritores que considera que la primera frase de una novela nunca puede parecer casual; bien al contrario, que debe definir un tono o actuar de motor argumental: en cualquier caso, no dejar indiferente al lector y estimular su interés desde el mismo comienzo. Berta Isla es buen ejemplo: «Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido…». Ese hombre a quien se refiere es Tomás Nevinson, nacido y criado en España pero de padre inglés y con un completo dominio no solo de sus dos lenguas maternas sino de toda clase de idiomas y acentos, lo cual acabará revelándose una maldición. Reclutado en su juventud por los servicios secretos ingleses a causa de un turbio episodio sucedido durante sus estudios universitarios en Oxford, Tomás se casa con su novia de instituto, la Berta Isla del título, con la que tiene dos hijos, llevando siempre una doble vida de la cual su esposa apenas sabrá nunca nada, por cuanto él no puede revelar el menor secreto (es más, si ella descubre su condición de espía es por una desagradable experiencia personal en su propio hogar madrileño, en la que fue amenazado su hijo pequeño). Un buen día, Tomás marcha a realizar una de sus misiones, y se desvanece de la faz de la tierra, sin dejar la menor noticia, hasta el punto de que Berta es declarada oficialmente viuda. Ahora bien, el arranque del libro no ha dejado lugar a dudas: en algún momento, el desaparecido reaparecerá.
La última novela de Javier Marías entrecruza referencias que serán muy familiares a quienes frecuentan su obra, y asimismo remiten a creaciones suyas anteriores. La trama reelabora un argumento por el que siente devoción: la súbita ausencia de un hombre que parece desvanecerse en el aire. En su editorial Reino de Redonda, ha publicado dos de las mejores variantes de esa historia, que como es natural menciona en diversas ocasiones a lo largo de su propia novela, y que no es la primera vez que le ayudan a componer materia novelesca: El coronel Chabert, de Honoré de Balzac, y la menos conocida pero aún mejor El marido de Martin Guerre, de la estadounidense Janet Lewis. Si ya la primera (como publicitó ampliamente en su momento la editorial) tenía gran importancia en su previa novela Los enamoramientos, la última es ahora la principal fuente de inspiración de Berta Isla, por la importancia de la perspectiva del personaje que se queda, la esposa, es decir, aquella cuyo mundo, sin haberse movido del mismo escenario, se ve transformado por la ausencia, lo que tal vez sea la peor de la metamorfosis: cuando las circunstancias exteriores siguen siendo las mismas, pero aun así todo parece distinto.
Finalmente, Berta Isla tiene mucho que ver con el Ciclo de Oxford, y en especial con el tercero de los títulos que componen esta trilogía, Tu rostro mañana, de la cual se retoman ambientes (la ciudad universitaria donde Nevinson es captado) y personajes (sobre todo, su jefe, el inquietante manipulador Bertram Tupra, al que tantas páginas desbordantes de incómoda revulsión debe ese libro).
Al contrario que las otras dos nouvelles, Marías narra la historia desde ambas perspectivas, la masculina y la femenina. Esto supone un gran acierto, amén de una interesantísima forma de contraponer su planteamiento a los de Balzac y Lewis. Así, la doble estructura permite saludables cambios de tono y argumento cuando la historia parece incurrir en la falta de progresión, pero sobre todo permite mostrar las dos miradas diferentes sobre el mismo hecho. El escritor consigue equilibrar el interés de ambas narraciones, variando además con inteligencia la persona del relato cuando es Berta quien ocupa el primer plano, mediante la narración subjetiva, un buen recurso para mejor identificar al lector con la perspectiva más identificable, con el hiriente dolor que nos causa lo inexplicable. Berta Isla sufre por haber perdido sin saber; Nevinson, obligado a desaparecer, a dejar de vivir la vida que llevaba, sufre por todo lo contrario: sabe por qué ha perdido lo que tuvo pero no puede cambiarlo. En este sentido, la novela supone una estimulante vuelta de tuerca a la odisea que sufre el protagonista de otro relato que también aborda, de modo genialmente alucinatorio, el mismo planteamiento: Wakefield, de Nathaniel Hawthorne.
Berta Isla abusa menos de la devoción de Marías por la circunvolución (quien haya leído Tu rostro mañana sabe a qué me refiero), y por ello tal vez pueda decirse de ella eso tan resbaladizo de que es una novela más «accesible». Posee vaivenes de interés, es cierto, pero los compensa sobradamente con una soberbia parte final: Marías es un escritor que sabe cómo encaminar una historia hacia su conclusión. Y del mismo modo que su novela publicada en tres entregas, supone una triste reflexión sobre el envilecimiento y la degradación, que nos deja un profundo regusto de amargura. En suma, Berta Isla nos sitúa frente al perpetuo temor a que, un día cualquiera, cuando más satisfechos nos sentimos de nuestra existencia en apariencia inmutable, la pérdida pueda destruir ese espejismo que llamamos felicidad.