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sábado, 14 de enero de 2023

DEJAR DE LLAMARTE (Vicente Ruiz, 2017)

 

Mayte Padilla

   Mi postre fetiche es el tiramisú. Me encanta comerlo, y me precio de saber prepararlo con óptimos resultados porque aprendí de una amiga italiana. Suelo pedirlo en cualquier restaurante que lo ofrezca en su carta para, tras una minuciosa cata, proceder a encuadrarlo en mi ranking personal.

  Tres elementos clave componen un tiramisú canónico: la crema, en la que el azúcar no debe enmascarar el sabor del mascarpone hasta el punto del empalago; el bizcocho, con cierta consistencia pero mejor si no es excesivamente grueso, humedecido lo justo en la mezcla alquímica de café y amaretto para que resulte estimulante y caliente el paladar; y el cacao, amargo, áspero, para hacer destacar por contraste la suavidad del resto de los ingredientes.

    Dejar de llamarte, la primera novela de Vicente Ruiz, publicada en 2017, es un delicioso tiramisú artesanal. Caeré en el chiste fácil: es el tiramisú de la abuela, ese postre que, aunque sencillo en su elaboración y presentación, desafía por su sabor y textura a cualquier compleja elaboración del más reputado chef.

   Así, esta autoficción en la que una mujer a punto de alcanzar su madurez rememora la figura de su abuela, fallecida recientemente, se compone de tres partes; y me hizo atravesar, como lectora, por tres estados de ánimo.

   En la primera parte la protagonista, Noelia, pasea por Valencia mientras recuerda su infancia, preñada de descubrimientos: la música, el barrio, los placeres estivales, las rutinas caseras…, bajo los cuidados cariñosos pero no condescendientes de su abuela, omnipresente en el papel de matriarca de una familia en la que los hombres apenas tienen presencia. Diría que brillan por su ausencia si no fuera porque no hay subrayados en esta historia. Todo se enuncia con una sencillez desarmante.

   Esta primera parte es la crema de mascarpone. Podría haber sido convencionalmente dulce en su bosquejo de una infancia no ideal, pero esencialmente feliz; podía haber quedado insípida al abundar en la descripción de una ciudad ajena, que no atrapa y que en mi opinión es lo más olvidable de la novela. Es un momento en que aún se observa a esa niña, y a la narradora adulta, desde fuera, de forma que sus peripecias apenas nos interpelan, más allá de las coincidencias generacionales. Sin embargo, la narración tiene la virtud de mantenerse fluida, ligera, gracias a un uso del lenguaje rico pero sin florituras, y te va atrapando en su corriente: es una crema no especialmente sabrosa pero perfecta para amalgamar lo que vendrá después.

   La segunda parte es el cuerpo de la historia: el bizcocho. Conocemos a la Noelia adolescente, y en su primera juventud cuando, paradójicamente, su vida queda ya irremediablemente ligada a la de la abuela octogenaria con la que se queda a vivir cuando la madre inicia una nueva relación de pareja. El eslabón materno queda un tanto al margen de la ecuación, a la búsqueda de su propia historia, y abuela y nieta quedan juntas, solas. Buena, solas no. Está la Tula, personaje entrañable y con entidad propia.

   El desfase vital entre la joven y la anciana agudiza las aristas de la convivencia, y el autor nos lo muestra sin tremendismos ni morbo, pero sin paños calientes, con un discurso fuerte como un café cargado. Los avatares profesionales de la protagonista reflejan los de toda una generación que ha crecido en la precariedad. Noelia toma cuerpo como personaje cercano, interesante en sí mismo, debatiéndose entre una vocación literaria nunca culminada, la certeza de que su proyecto vital va a contratiempo del de sus amigos (delicioso amaretto esa Victoria, la amiga incondicional que ofrece siempre las risas y lágrimas justas), la incertidumbre sobre la propia esencia y el reflejo de los actos propios sobre el entorno.

   Es en la descripción de las contradicciones y las limitaciones de una vida en la que cada elección supone una renuncia cuando la novela coge vuelo. De nuevo con una aparente sencillez estilística, los dos hilos temporales de la historia, el de la Noelia presente, y la que aún convivía con la anciana, muestran con desnudez, sin énfasis ni falsas modestias, las pequeñas alegrías y renuncias de todos los días. Es el momento en que la novela se revela como un trozo de pura vida, de vida de verdad, y la conciencia de que podría ser la nuestra nos embriaga como las gotitas de amaretto.

    Ojalá su horizonte de esperanza sea el nuestro también.

sábado, 1 de febrero de 2020

CUANDO SEAS MAYOR (Miguel Gane, 2019)


Mayte Padilla

    Cuando seas mayor es la primera novela del joven poeta Miguel Gane, nombre españolizado que éste adoptó, como cuenta en el libro (“autobiográfico en un 70-80%”), tras emigrar desde Rumanía y advertir que su nombre real, Gheorghe Mihaita Gane, era mal pronunciado y provocaba burla e incomprensión.

    Se trata de una novela de planteamiento y estructura extremadamente sencillos, que toma como protagonista a un niño de nueve años y nos muestra la vida de su insignificante vecindario en un pueblecito de montaña transilvano, y las peripecias de la familia cuando deciden emigrar a España.

    ¿Qué interés puede tener una novela como esta? Desde luego, no la originalidad de su planteamiento, ni formal ni temático, con un desarrollo cronológico sin artificios. Gane comienza su historia en la mañana de Navidad, en un inicio que no he podido dejar de asociar a Mujercitas, ya que su familia, que hace equilibrios entre la clase baja y la pobreza declarada, tampoco le puede ofrecer el regalo que el inocente niño ha pedido a Papá Noel. El padre, empleado en una fábrica y siempre a disposición de domnul director hasta el punto de descuidar a su familia; la madre, que se emplea de forma irregular como cocinera en casas ajenas, mientras a duras penas mantiene saciado a su hijo, conforman una pareja unida hasta que la adversidad, en forma de enfermedad de ella, les lleva a endeudarse sin remedio.

    Toda la primera mitad de la novela, estructurada en breves capítulos, se dedica a trazar con precisión las relaciones sociales en el pueblo: la escuela, donde el inteligente niño está no obstante condenado a la marginación en una clase “fácil”, para pobres; la iglesia, donde la madre se refugia en busca de esa suerte que parece haberlos abandonado, al coste de dejarse manejar por la beata del pueblo; las referencias a las prácticas corruptas de médicos, profesores y en general empleados con alguna responsabilidad, sutiles pero a la vez asumidas como un mecanismo de funcionamiento tan natural como la vida misma; el bar, que el padre empieza a frecuentar cuando su voluntad de superación flaquea; y sobre todo el jardín, y la valla que delimitan la casa del niño y Eduard, su mejor amigo, que tiene una posición económica desahogada y que sin embargo ellos atraviesan con naturalidad, resistiéndose a que su amistad se vea condicionada por el dinero.

    Interesante es el fuerte contrapunto que se plantea en la novela entre la vida un tanto asilvestrada del niño en el pueblecito de los Cárpatos, por donde corretea a pesar del frío, y lo que luego va a ser su confinamiento en un piso de una ciudad dormitorio como Leganés, cuando no se atreva a salir a las calles, supuestamente civilizadas pero muy peligrosas para un “sin papeles”.

    En la segunda mitad de la novela el niño se ve obligado a salir de su, a pesar de todo, idealizado entorno natal, para vivir la aventura de la emigración. Escenas que de alguna manera nos suenan conocidas se suceden con un ritmo fluido, cuajadas de personajes tanto entrañables como odiosos, pero siempre con el márchamo de lo realmente vivido: los compañeros de viaje en el autobús que atraviesa Europa; el impacto de visitar los bien surtidos supermercados españoles o los cristalinos aseos públicos franceses; los viejos conocidos que dan alojamiento a la familia a su llegada a Madrid; los voluntarios de la ONG; los primeros maestros que introducen al niño en el nuevo idioma; los nuevos compañeros de clase para los que es “el rumano”; el miedo de vivir “sin papeles”;,…

    A los que nos gusta flagelarnos un poco analizando las carencias de los servicios públicos españoles esta novela nos ofrece una visión enternecedoramente positiva. El niño, impulsado por su madre desde pequeño a estudiar para “ser alguien”, va a encontrar en las escuelas españolas una dura prueba de adaptación, pero una cuya superación sí depende de él, y no de una estructura social rígida como la de pueblo natal. Acostumbrado a los castigos corporales, la corrupción y el clasismo de la escuela de su pueblo, los conatos de bullying y la xenofobia que sufre en las aulas de ese colegio de barrio que podría ser cualquiera, en el que los niños pueden hablar y moverse en las aulas (sic) hieren, pero no matan.

    Así mismo la madre, más flexible que el padre, encuentra en la sociedad española espacios de libertad que le permiten vivir una vida diferente, más autónoma, a diferencia de la subordinación (económica, social) en la que había vivido antes. Una cierta ingenuidad sobre el “sueño europeo” recorre toda la novela, y nos obliga a recordar lo importante que es mantener vivo ese sueño de una Europa solidaria y próspera.

    En suma, como decía al principio, no hay nada demasiado sorprendente, nada original: es una historia sobre la emigración mil veces leída o vista en cine. Y sin embargo la historia me atrapó por completo, ya que tiene la fuerza de lo real, elaborado con un lenguaje directo y una honestidad muy refrescante: se trata de una historia personal, con la que el autor no intenta establecer generalizaciones ni defender ninguna tesis, ni siquiera hacer una crítica concreta, y desde luego no tiene pretensiones de explicar las causas del fenómeno migratorio ni las consecuencias en los que se van y en los que se quedan, sino contar el impacto que sobre él, como niño, tuvo dejar la Rumanía rural por la gran ciudad española. Una microhistoria que, a mi entender, encuentra en esa sencillez y sinceridad desarmante su punto fuerte: es una historia cualquiera de las que todos los días ocurren a personas a nuestro alrededor.

viernes, 13 de julio de 2018

EL MONARCA DE LAS SOMBRAS (Javier Cercas, 2017)


Mayte Padilla 
 
   Me gusta mucho lo que escribe Javier Cercas y me gusta mucho cómo lo escribe. Con El monarca de las sombras vuelve a cumplirse esta doble afirmación. Su última novela narra la historia de su tío-abuelo, Manuel Mena, que siendo adolescente se afilió a Falange Española y murió a los dicinueve años, combatiendo como alférez provisional del ejército franquista durante la batalla del Ebro.
   Como en varias de sus obras más reconocidas (en Anatomía de un instante fue Adolfo Suárez; en Soldados de Salamina, Rafael Sánchez Mazas), Cercas vuelve a tomar a un personaje real, que se enfrenta a un momento decisivo en su vida o en la historia, e intenta indagar en su pasado para aclarar las motivaciones que explican dicha decisión. De ese modo, el libro se convierte en una historia real con apartados imaginados, o en una ficción con (documentadísima) base real: el autor ha explicado a menudo que no concibe la escritura sin esta mezcla.
   Esta forma narrativa me fascina: la manera en que el escritor deviene en periodista, historiador, psicólogo, cuentista,... confiere al libro una amenidad impensable. Cercas baila entre las fuentes escritas, haciendo parecer fácil lo que no lo es (como sabe cualquiera que haya intentado investigar en un archivo), y las fuentes orales, y hábilmente, se van entremezclando la Historia y las historias de un galería de personajes que reflejan lo que es y ha sido España, a nivel sociológico, en las últimas décadas: esa madre emigrada obsesionada por lo que pasará con la casa de su infancia, esos nietos juguetones que saben ir a lo suyo sin perder de vista a los mayores, ese rústico vecino que ha construido una vida sin hablar nunca de la muerte de su padre, esos pueblos moribundos del interior, esa contradicción catalana,...
   No caigamos en el error de pensar que es otra novela sobre la guerra civil. Al igual que ocurre con Anatomía de un instante o El impostor, el marco histórico y cronólógico, exhaustivamente recreado, es sólo una excusa para que Cercas escriba, fantasee sobre el papel de la memoria y la figura del héroe. No por casualidad saca sus títulos de la literatura griega clásica (y además los explica, cosa que los lectores no-tan-cultos, como yo, le agradecemos profundamente). Su auténtica preocupación es moral: ¿qué hace que una persona sea un héroe?, ¿hasta qué punto acomodamos los recuerdos a nuestra conveniencia?, ¿hasta qué punto un ideal puede dirigir nuestra vida?, ¿existe diferencia entre el bien y el mal?, ¿se puede hacer el bien desde el lado equivocado?
   La indagación más compleja sobre el asunto, a mi entender, la realizó en su novela sobre Enric Marco, el falso superviviente de Mauthausen, un personaje que, por motivos personales, me resulta perturbador. ¿Se puede ser un mentiroso por el bien común? En esta novela la disyuntiva es menos compleja, pero más polémica por tratarse de los temas de los que se trata, y ha llevado incluso a que se acuse a Cercas de revisionista: ¿había franquistas “buenos”?, ¿hubo perdedores en el bando franquista?, y sobre todo, en último término, ¿qué es más importante, estar en el bando correcto o actuar éticamente de acuerdo a tus valores personales? El criterio que usa Cercas para responder a esta pregunta me parece correcto: Mena, a diferencia de Marco, no consiguió beneficio personal por estar en el bando ganador de la guerra, ergo, su comportamiento sí puede ser ético.
   Efectivamente, Manuel Mena pertenece al bando que inició la guerra, se dejó manipular por el falangismo, y manipuló a otros (interesantísimo el manuscrito de su intervención ante camisas viejas), se alzó contra el gobierno republicano y murió matando a otros jóvenes como él, contribuyendo así a la instauración de la dictadura. Sin embargo, como Cercas averigua (o quiere hacernos ver que ha averiguado, porque en ese punto el testimonio es frágil, tanto como la memoria de un nonagenario), Manuel no se beneficia de nada de esto, y de hecho no va a la guerra (o al menos no a la batalla del Ebro, cuando ya es un soldado experimentado y sabe a lo que va) por unos ideales (erróneos), o por querer ser un héroe, un Aquiles victorioso. Va a la guerra por obligación, para evitar que vaya su hermano, y no presume de heroísmo alguno, sino sólo del amor familiar que, parece decir al final Cercas, vale más que cualquier medalla.